En torno a Redon

Redon en la abadía de Fontfroide

Abbaye de Fontfroide© Henri Gaud
Fue durante el otoño de 1908 que Redon descubre por primera vez la abadía de Fontfroide, situada al pie de las Corbières, a unos diez kilómetros de Narbona. Le había invitado el propietario, su amigo Gustave Fayet (1865-1925), un pintor oriundo del sur de Francia que cultiva sus tierras vitícolas y colecciona obras de artistas de su época, en particular de Gauguin y de Odilon Redon.

Fayet adquirió en 1908 la abadía cisterciense de Fontfroide , fundada al final del siglo XI y dejada al abandono desde 1901. Junto con su esposa Madeleine, emprende grandes obras de restauración y decoraciones, acudiendo a Redon en 1910 para realizar paneles destinados al antiguo dormitorio común de los monjes, transformado en biblioteca.

El color y la decoración

Desde comienzos de los años 1890, el arte de Redon ha cambiado radicalmente. Ha abandonado la litografía y el carboncillo de sus famosos Negros para dibujar pasteles y pintar cuadros con colores resplandecientes.

pintura
Odilon RedonMargaritas© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski
No es nada sorprendente que esta evolución le conduzca al final hacia el arte decorativo, tanto esta cuestión atravesó todo el final del siglo XIX. Redon es de la misma generación que los impresionistas. Ya en 1876, Monet decoraba el castillo de su amigo Ernest Hoschedé, mientras que Renoir nunca dejó de pensar en "decoración" y "alegría en los muros vacíos". Además, Redon es un admirador de Puvis de Chavannes. También está muy cerca de los jóvenes pintores Nabis, para quienes el arte debe entrar en la vida cotidiana. Convergen en ello con la fórmula del escritor y crítico Albert Aurier: "No existen cuadros, solo existen decoraciones".

Fue gracias a un primer encargo que Redon aborda las grandes superficies en 1900-1901, realizando cerca de quince paneles para el castillo que el barón Robert de Domecy acaba de construir en el Yonne. En dicha ocasión, escribe a su amigo Albert Bonger "Cubro los muros de un comedor de flores, flores de sueño, de la fauna imaginaria; todo ello mediante grandes paneles, tratados con un poco de todo, temple, aoline (sic), óleo, pastel, con el que incluso llego a tener un buen resultado actualmente, un pastel gigante."
En 1902, diseña la decoración del salón de música de la mansión parisina de la viuda del compositor Ernest Chausson, y luego, en 1908, la manufactura de Gobelins le encarga cartones de tapicería. Pero la biblioteca de Fontfroide será la gran realización de Redon, en materia de decoración.

Bajo las bóvedas de Fontfroide

Fue cuando Redon realizó su segunda estancia en la abadía, durante la Pascua de 1910, que se pone de acuerdo con Fayet para decorar la gran estancia cuadrada de cerca de diez metros de lado. Dos grandes paneles de 6,5 metros de ancho por 2 metros de alto, divididos en tres partes, estarán de frente en los muros laterales, mientras que encima de la puerta se colocará un panel de un metro de ancho.

Ricardo ViñesGustave Fayet en la biblioteca de la abadía de Fontfroide© Famille Fayet
Redon tiene total libertad para elegir el tema. Regresa a París y empieza la realización del primero de los grandes paneles, El Día, del que acude para supervisar la instalación al final del verano de 1910, antes de empezar in situ, el segundo panel, La Noche. En una carta a Bonger, describe la atmósfera en la que se desarrollan estos trabajos: "Le escribo bajo la bóveda de la gran sala que estoy decorando, en el viejo claustro. Me he traído el trabajo para continuarlo aquí. Me interesa mucho. […] Me he arriesgado con la representación (siempre indeterminada) de una cuadriga conducida por uno o dos seres alados, suerte de flores – en medio de las montañas y diversos grises luminosos. En el muro de enfrente se encuentra otro panel que esbozo en negro, y con el permiso de dejar al desenfreno toda la fantasía imaginaria posible. El Negro en una superficie grande es terrible. No hay que abusar de él, ya lo veo. Eso no se sabe, solo se aprende a lo largo de una ejecución. Es la primera vez que me atormento delante de semejante superficie […]. Llevo la cosa, rodeado de una sociedad de invitados muy animados, joviales, bajo el alegre y luminoso sol del Mediodía. Bella región, no muy lejos de aquella que representó Cézanne, y también Van Gogh. La veo con otros ojos, naturalmente".
Tras acabar, in situ, El Día, Redon trabaja pues en La Noche, que finalizará al contrario en París, y solo se instalará en el otoño de 1911.

El Día, La Noche, El Silencio

Tanto en su oposición temática, como en los temas representados, ambos paneles pueden ser percibidos como una síntesis del arte de Redon. El amarillo brillante que domina El Día, la exuberancia de las flores que invaden las partes laterales, son características del Redon del segundo periodo, el que se apasiona por el color.

Biblioteca dell'abbazia di Fontfroide - Il Giorno© Henri Gaud
El motivo de la cuadriga, homenaje a Delacroix y a su decoración del techo de la galería de Apolo del Louvre, también forma parte de aquellos que reencontramos con frecuencia en los cuadros del final de la carrera del artista.

En cuanto a La Noche, resucita formas a menudo presentes en los Negros de los años 1870-1880: ángel caído, cabezas aladas, mujeres con velo… Pero estas visiones parecen más suaves, menos inquietantes que las criaturas de antaño. A los rostros sonrientes o apaciguados, Redon ha dado los rasgos de los habitantes de Fontfroide y de sus amigos: ambas mujeres con velo son Madeleine Fayet y su hija Simone, en los fuegos fatuos que alborotan a la derecha del árbol, reconocemos los perfiles de Camille Redon, de Gustave Fayet y de sus dos hijos, Léon y Antoine…
También están presentes muchos músicos, el compositor Déodat de Séverac, el pianista Ricardo Viñes o Robert Schumann, lo que recuerda la influencia esencial de la música en Redon, el que afirmaba: "la música es un arte nocturno, el arte del sueño".

Biblioteca de la abadía de Fontfroide - La Noche© Henri Gaud
Pero que se trate del Día o de La Noche, de la época de los Negros o del periodo coloreado, una misma constante une toda la obra de Redon: el carácter misterioso y onírico de sus creaciones. Esta atmósfera está en perfecta adecuación con el contenido de la biblioteca de la abadía de Fontfroide que rebosa de obras que tratan de ocultismo y de esoterismo, ámbitos que apasionan a los intelectuales franceses de finales del siglo XIX.

Como un último guiño a las obsesiones de Redon y a las características del lugar, el último panel, por debajo del que pasamos al salir de la biblioteca, representa a un misterioso personaje de rostro sombrío que pone su dedo índice sobre sus labios, en medio de halos dorados. Titulada El Silencio, esta obra parece invitar al espectador a la calma y a la serenidad, propias de una biblioteca y de una abadía, aunque guardando el secreto del mundo ambiguo e indefinido de los sueños.

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Las decoraciones de Fontfroide


Odilon RedonEl Día© Henri Gaud
Odilon RedonLa Noche© Henri Gaud
Odilon RedonEl Silencio© Henri Gaud
Redon (en la derecha) en el claustro de la abadía de Fontfroide© Famille Fayet

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Redon y los Leblond: una relación inesperada

Odilon RedonFantasía© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski
Entre los numerosos apoyos de artistas y intelectuales que recibe Odilon Redon, a lo largo de toda su carrera, se esconde una historia singular detrás del patronímico "Marius-Ary Leblond" que firma el artículo "Odilon Redon, lo maravilloso en la pintura", publicado en 1907 en la Revue illustrée.
Se trata del nombre de pluma de dos primos, oriundos de la Isla de la Reunión, que se instalaron en París, a mitades de los años 1890, para lanzarse en la vida literaria. Georges Athénas (1877-1953) es Marius Leblond y Aimé Merlo (1880-1958) es Ary Leblond. Juntos, han escrito novelas y ensayos, marcados por el espíritu colonial (su relato En France fue Premio Goncourt en 1909). Fundaron varias revistas de arte y ocuparon cargos públicos, siendo en particular los instigadores de la creación del museo Léon Dierx en San Denís de la Reunión. 



¿Por qué Redon?

Podemos sorprendernos de que los Leblond hayan elegido a Redon como artista predilecto, su sensibilidad, artística y política, llevándoles más bien hacia un sólido naturalismo que, según ellos, traduce vigorosamente la pertenencia a una nación. Además, dos años después del ensayo de la Revue illustrée, su libro de crítica de arte, Pintores de raza, ignora a Redon, para rendir homenaje al temperamento y al estilo de Max Lieberman en Alemania, Léon Frédéric en Walonia, Nicolas Tarkhoff en Rusia, o también Charles Lacoste en Francia... Observamos, sin embargo, algunos rodeos más espirituales y simbolistas, con Gauguin por Oceanía y Van Gogh por Holanda. ¿Pero qué puede representar Redon para ellos, él que inventa una tierra nueva en cada obra?

Pastel
Odilon RedonMujer con velo de pie© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / DR

El color como paraíso

Parece ser, de hecho, que sea el propio Redon quien haya elegido a los Leblond y les haya “sugerido” escribir "Lo maravilloso en la pintura". En 1907, llega el reconocimiento pero los artículos son escasos. El pintor que desde hace ya varios años ha volcado su arte hacia el culto de la naturaleza y del color, busca nuevas voces para traducir esta evolución.

Ya no quiere la imagen de un artista cuyo "sobrenatural es [la] naturaleza" (Emile Bernard), sino que desea que se entienda su amor por "el sol, las flores y todos los esplendores del mundo externo." Aquí es donde actuaron los Leblond, encontrando las palabras para describir la cesura que Redon imprime a su arte: "Redon pronto se cansó de este especie de infierno negro y en espiral en el que se había encerrado"; "sintió la necesidad de la luz y ascendió hacia el color como hacia un paraíso"; o esta fórmula "lo sobrenatural propio de la naturaleza" que indica que lo sobrenatural no procedía de Redon, sino de la propia naturaleza.

El vínculo de los orígenes

Para que este texto existiese, los Leblond todavía tenían que abandonar sus rígidos ideales y aceptar el lado “exótico” y "primitivo" de Redon. La clave de esta unión, en apariencia, contra naturaleza, nos la indica el pintor en una carta para Gabriel Frizeau del 31 de marzo de 1907: "Su índole criolla les ayudó". En efecto, aunque los Leblond hayan crecido en la Isla de la Reunión, Redon, él, ha nacido del matrimonio entre un bordelés, que se fue a buscar fortuna a Louisiana, y una criolla de origen francés de la Nueva Orleans. Nació en Francia, pero fue concebido en América, un viaje in utero que marcó profundamente su imaginario. Camille, con quien se casa en 1880, es una criolla también oriunda de la Reunión. Son estos "otros lugares" compartidos, sin duda, que permiten a Marius y a Ary entender la fuente vital de la que se encomienda Redon, el paraíso que apela, así como el renacimiento que reivindica.

Odilon RedonEva© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski

Una admiración compartida

La relación que unió Redon y los Leblond es todo menos fingida o pasajera. El pintor se reconoce por completo en el artículo y no duda en comunicar su gratitud, como en esta carta dirigida a Frizeau: "Me había preguntado mi opinión con respecto al texto de los Leblond. Es bello, casi místico, hindú, de una riqueza de significado extraordinaria. […] Lo leo con la alegría de haber sabido vivir. Ya que esto es el beneficio del esfuerzo por haber cambiado y estar satisfecho de ello. Todavía podría producir algo, en el amor y la clarividencia de lo más lúcido de mí mismo. Y estas jóvenes mentes me ayudarán, en ello".

Los Leblond publican con frecuencia textos sobre el artista, en las revistas que dirigen hasta mediados del siglo XX. Le visitan con regularidad a su villa de Bièvres, y siguen manteniendo relaciones con Camille y Arï, el hijo de la pareja, tras su muerte. Fueron también ellos quienes se encargaron, en 1923, de la publicación de las cartas de Redon o del catálogo de la retrospectiva en el Petit Palais, en 1934. Y sobre todo, habiendo firmado "Lo maravilloso en la pintura", son para siempre los grandes testigos de los estallidos de colores de Redon, aquellos que han afirmado la relación pasional entre la naturaleza y la obra del pintor.

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Entender mejor a Redon. Extractos de textos

Odilon Redon, Confidencias de artista, 1894

He hecho un arte a mi parecer. Lo he hecho con los ojos abiertos a las maravillas del mundo visible y, a pesar de lo que se haya podido decir, con la constante preocupación de obedecer a las leyes del natural y de la vida.

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Odilon RedonEl camino a Peyrelebade© RMN-Grand Palais (musée d'Orsay) / Christian Jean
También lo hice con el amor de algunos maestros que me indujeron el culto por la belleza. El arte es el Alcance Supremo, alto, saludable y sagrado; genera la eclosión; en el diletante produce el único y delicioso deleite, pero en el artista, con el tormento, produce el nuevo grano para la nueva semilla. Creo haberme doblegado dócilmente a las leyes secretas que me han conducido a labrar, bien o mal, como he podido y conforme a mi sueño, cosas en las que me he implicado por completo. Si este arte a ido en contra del arte de los demás (lo que no creo cierto); me ha procurado, sin embargo, un público que el tiempo ha mantenido, y hasta amistades de calidad y benefactoras, dulces para mí y que me recompensan.
[…]
Pero hoy, se lo digo con la total consciente madurez, e insisto, todo mi arte está limitado a las únicas fuentes del claroscuro y le debe también mucho a los efectos de la línea abstracta, este agente de profunda fuente, que actúa directamente en la mente. El arte sugerente no puede aportar nada sin recurrir únicamente al juego misterioso de las sombras y del ritmo de las líneas diseñadas mentalmente. ¡Ah! ¡A caso han tenido nunca más alto resultado que en la obra de Vinci! […] Y también es mediante la perfección, la excelencia, la razón, la dócil sumisión a las leyes del natural que este admirable y soberano genio domina todo el arte de las formas. ¡Lo domina hasta en su esencia! [La naturaleza] era para él obviamente como para todos los maestros, la necesidad y el axioma. ¿Cuál es el pintor que pensaría de otra forma?
[…]
Odilon RedonSueño de Calibán© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Christian Jean
No se me puede quitar el mérito de dar la ilusión de la vida a mis creaciones más irreales. Toda mi originalidad consiste pues en hacer vivir humanamente seres inverosímiles, según las leyes de lo verosímil, poniendo, en la medida de lo posible, la lógica de lo visible al servicio de lo invisible. […] Pero, por otro lado, mi régimen más fecundo, el más necesario a mi expansión ha sido, lo he dicho a menudo, copiar directamente lo real, reproduciendo atentamente objetos de la naturaleza exterior, en lo que tiene de más menudo, de más peculiar y accidental. Tras un esfuerzo por copiar minuciosamente una piedra, una brizna de hierba, una mano, un perfil o cualquier otra cosa de la vida viviente o inorgánica, siento llegar una ebullición mental: entonces necesito crear, dejarme ir a la representación del imaginario. La naturaleza, así dosificada e infundida, se convierte en mi fuente, mi levadura, mi fermento. De este origen, creo mis invenciones verdaderas. Lo creo de mis dibujos; y es probable que, incluso con la gran parte de debilidad, desigualdad y imperfección, propia de todo lo que el hombre vuelve a crear, no soportaríamos ni un instante su visión (por que son humanamente expresivos) si no estuviesen, como lo he dicho, formados, constituidos y construidos según la ley de vida y de transmisión moral, necesaria a todo lo que existe.

Marius-Ary Leblond, "Odilon Redon. Lo maravilloso en la pintura", La Revue Illustrée, 20 de febrero de 1907, n°5

Odilon RedonLa araña© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Gérard Blot
Durante mucho tiempo, solo se le conoció por litografías, acto seguido famosas, con negros de una profundidad, de una gravedad y de un aterciopelado que eran particularidades suyas, con blancos deslumbrantes, estremecedores y, por así decirlo, incandescentes. En ellas, inmovilizaba, en grandes escenas, las visiones que alumbraban como apariciones el fondo oscuro de su imaginación. Seres extraños se erigían, se empinaban, ascendían en altos relieves esculturales […].
Mediante esta dramaturgia apocalíptica, Redon había atraído la admiración de la gente de letras de hace veinte años [se nombran Villiers de l'Isle Adam, Mallarmé, Huysmans]. Pero Redon pronto se cansó de esta especie de infierno negro y en espiral en el que se había encerrado y del que había recorrido los ciclos dantescos: sintió la necesidad de la luz y ascendió hacia el color como hacia un paraíso.
[…]
Pintó la flor: la descubrió.
Sorprendido del colorido de la flor hasta la inquietud, sorprendido hasta la más ingenua adoración de su forma, pronto recibió la revelación que nada es más misterioso que la simple naturaleza, y a partir de entonces quedó absorto en su claridad, como se había adentrado en el laberinto de su imaginación. Pintó las mismas flores que conocemos y, tal y como, las vemos: geranios entre hojas aterciopeladas, margaritas, temblorosas borlas de acacia, alelíes y capuchinas anaranjadas, y ante nuestros ojos, fue, como si estas flores acabasen de aparecer ante nosotros, en un milagro de las cosas, por la esbeltez que brota de su porte, por el estallido fijo de su corola, por el brillo suspendido de los matices. Cuando las miramos, nosotros también salimos de las tinieblas.
[…]
Odilon RedonVisión submarina© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski
Este sueño incansable de formas miriadarias en el que la naturaleza inscribe enigmáticos caprichos, Redon lo mantiene mediante la evocación del mundo submarino. Es muy característico que un relevante número de sus lienzos o de sus pasteles, nos proporcionen aproximaciones de las profundidades oceánicas: es que, precisamente, lo sobrenatural de la naturaleza – que es simplemente lo que todavía ignoramos de la realidad – está sepultado ahí, en la noche del mar profundo, como la propia imaginación del mundo "sin forma y multiforma". […]
Así mismo, yendo a buscarlas en las profundidades tenebrosas de los océanos, Redon revela la profundidad eterna, primigenia de los colores […] y por eso los colores tienen en Redon una vida esencial y primordial, considerados en el absoluto del espacio, y solo se le aparecen, brillando más allá de la noche de los tiempos y de las sombras, como mágicos y magnéticos: los custodios del Misterio.
[…]
El lugar de Redon es muy importante, entre los pintores contemporáneos. Toda una escuela de delicados y ya consagrados talentos, que han heredado de él el afán por las armonías penetrantes y raras en la sutileza, la distinción de inteligencia en la observación pictórica, ya sea Roussel, Lacoste como Vuillard, le veneran como un maestro. Los realistas del paisaje o del bodegón, incluso los más entusiastas alumnos de Cézanne, están impactados por el prestigio magistral de su dibujo, tan sutil y tan puro, espiritual en el sentido filosófico de la palabra y que basta con que delimite a la luz, el contorno de las cosas, para asegurarles una consistencia y un modelado.
[…]
Odilon Redon (1840-1916)
 Le Bouddha
 entre 1906 et 1907
 pastel sur papier beige
 H. 90 ; L. 73 cm
 Paris, musée d'Orsay
Odilon RedonEl Budha© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski
La originalidad de su inspiración, es su complejidad: las antiguas litografías muestran una profundidad de sueño a la Rembrandt y una potencia de encarnación a la Goya; muchos dibujos dan fe de este amor por la rareza decorativa de las propias formas de la naturaleza como Alberto Durero fue el primero en concebirlo; muchas composiciones se iluminan de esta ciencia experta de las líneas que hace el encanto filosófico del Vinci. La obra está llena de las más esenciales cualidades del genio del Occidente europeo y, además, realiza la síntesis, la hibridación de este genio de Occidente y del genio de Oriente, por que la imaginación de Redon, impresionada por los rostros y las flores, las esculturas y las estampas, viaja de China a Japón y de Camboya a India.

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Obras comentadas

Calibán, Carbón, antes de 1890
Los ojos cerrados, lienzo sobre cartón , 1890
El camino a Peyrelebade, óleo sobre papel
Retrato de Arï Redon con cuello marinero, óleo sobre cartón, hacia 1897
Sueño de Calibán, óleo sobre madera, entre 1895 y 1900
Baronesa de Robert de Domecy, óleo sobre lienzo, 1900
Parsifal, pastel, 1912

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Algunas obras de Odilon Redon en las colecciones del museo de Orsay

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