


Sin embargo, cuando se decidió la creación del museo de Orsay, en los años 1970, las colecciones de objetos de arte, conservadas por los museos nacionales franceses, se revelan demasiado modestas para lograr la realización de tan ambicioso programa. Las obras encargadas para los palacios imperiales o las grandes administraciones del Estado, se habían quedado en la mayoría de los casos en su sitio, y muchas otras habían sido destruidas durante los combates de la guerra de 1870 o los incendios que marcaron la Comuna de 1871.
Las colecciones de artes decorativas del museo de Orsay, fueron de este modo compuestas de un primer conjunto, procedente del antiguo museo del Luxemburgo, de sus descendientes y de algunas piezas del museo del Louvre. Incluso antes que abriera el museo al público, diez años de esfuerzos fueron necesarios, con el fin de censar y de intentar agrupar las demás obras disponibles, pertenecientes al Estado, y llevar a cabo una importante campaña de adquisiciones.
En 1818, Luis XVIII decide la creación de un museo dedicado a los artistas en vida, en el palacio del Luxemburgo, en París. Excepto una presentación de las producciones de las manufacturas de Sèvres, de los Gobelins y de Beauvais, entre 1874 y 1882, el museo del Luxemburgo se mantiene durante tiempo cerrado a las artes decorativas. El estatuto administrativo de la institución explica en mayor parte, esta situación. El museo del Luxemburgo dependía en efecto de la Dirección de Bellas Artes y no de la administración de los Museos nacionales. Cabe por consecuencia esperar que las artes decorativas sean admitidas en los Salones anuales, momento en que el Estado compraba las obras destinadas en particular al museo del Luxemburgo. Esta introducción fue efectiva en 1891 para el Salón de la Sociedad
nacional de Bellas Artes y en 1895, para el de la Sociedad de los Artistas franceses. A pesar de ciertas hostilidades para que entrasen las artes "menores" en el Luxemburgo, se añadió entonces una sección de objetos de arte a las colecciones de pintura, escultura y artes gráficas, a partir de 1892. No obstante, la falta de un presupuesto especial para las adquisiciones y la exigüidad del recinto, impidieron proporcionar a esta sección la relevancia deseada e incluir las artes del mobiliario.Pese a incrementarse con los donativos de artistas contemporáneos (como una plata en gres dada por Jean-Charle Cazin en 1895, o dos jarrones de vidrio dados por Tiffany en 1919…) y algunas escasas donaciones de aficionados (como una serie de esmaltes pintados por Charles Hayem en 1898 o también un tapiz de Blanche Ory-Robin, dado por la Señora Stern en 1914…) la colección sólo ofrecía un surtido muy limitado. Número de artistas de mayor relevancia estaban ausentes, como Guimard, Majorelle, Gaillard, De Feure, Colonna, por citar solo creadores franceses. Menos los cuantos vidrios de Tiffany, no había cabida para los artesanos y decoradores extranjeros.
El largo purgatorio que tuvo el Art nouveau, desde comienzos de los años 1920, detuvo de repente cualquier incremento de esta joven sección y llevó rápidamente a un primer desmantelamiento de las colecciones que se habían quedado en ciernes. A partir 1910, sin duda por falta de espacio, la chimenea de Dalpayrat fue enviada en depósito a Besançon. A continuación se realizaron otros depósitos, sobre todo a partir de 1931, en provincias (Marsella, Montpellier, Nantes) y en París, en el museo de las Artes decorativas.Las donaciones de David David-Weill y de Jean Schmit en 1938, como ulteriormente del hermano de Ambroise Vollard en 1943, lograron a pesar de todo que entraran en las colecciones nacionales objetos de alfarería y maderas esculpidas de Gauguin. A comienzos de los años 1970, parte de estos objetos encontraron su sitio en el museo del Impresionismo, instalado en el Jeu de Paume, desde 1947.
Cuando el museo nacional de Arte moderno, heredero del antiguo museo del Luxemburgo, abre sus puertas en el Palacio de Tokio, en 1937, no incluía ninguna sección de arte decorativo. Tras el envío masivo de un importante número de cerámicas a los museos de Sèvres y de Limoges, solo quedaban poco más de 300 objetos, datando principalmente de los años 1890 a 1914, que más tarde serán reservados al museo de Orsay. A estos, cabe añadir los depósitos de algunas decenas de piezas, obras de artistas nacidos después de 1870, y de objetos de vuelta de los depósitos de Provincias. La mayoría procedía del antiguo fondo del Luxemburgo, en particular la Historia del agua de Cros, de vuelta de Narbona.
A lo largo de los años, se han integrado demás notables conjuntos de mobiliario para subsanar las más patentes lagunas: obras de Guimard (1979), Horta y Majorelle (1980), Gallé y Vallin (1982), Gallé, Carabin y Adolphe Loos (1983), Serrurier-Bovy (1984), Mackintosh y Frank Lloyd Wright (1985), Otto Wagner, Hoffmann y Van de Velde (1986). Otras compras más puntuales de muebles o de objetos, completan este panorama del Art nouveau y demuestran su rápida difusión en Francia: lozas y cristalería de Gallé, vidrieras de Gruber, gres de Carriès y de Hoentschel, platería de Follot, etc. Respecto al extranjero, hubo un jarrón de Otto Eckmann, sillas de Carlo Bugatti, un gabinete de Gimson, tejidos de Voysey, orfebrerías de Hoffmann, cristalerías de Kolo Moser…
Del periodo anterior, de los años 1850 a 1880, el museo ha adquirido una serie de obras maestras presentadas en las Exposiciones universales por las grandes manufacturas de arte o por artesanos, que rechazaban cualquier mecanización. Citemos antes que nada, el suntuoso mobiliario de aseo de la Duquesa de Parma, obra maestra de la casa Froment-Meurice, acabado en 1851 y enviado a Londres, al Crystal Palace. También hubo un grupo limitado de obras inglesas, carpinterías pintadas, muebles, tapices, cerámicas, platería, que recuerdan el protagonismo desempeñado por Pugin, William Morris y sus discípulos, para promocionar una estética más adaptada a la vida moderna.
Cuando abrió en diciembre de 1986, el inventario de arte decorativo del museo de Orsay, contaba más de mil piezas y fue completado por algo menos de un centenar de obras, depositadas en otras instituciones. La política de adquisición se prosigue desde entonces, con el fin de ofrecer al público un panorama cada vez más completo de las artes decorativas, de la segunda mitad del siglo XIX. Las colecciones se han podido beneficiar para ello del sistema de dación que autoriza el pago de derechos de sucesión con la entrega de obras arte. Mediante este recurso, piezas excepcionales entraron en el museo, como la urna Aguas durmientes de Gallé (1995) o la lámpara Nenúfar de Majorelle y de Daum Frères (1996).