Emile Gallé
Uvas misteriosas

Uvas misteriosas
Emile Gallé (1846-1904)
Uvas misteriosas
1892
Frasco, vidrio de dos capas con inclusiones de oro y de platino, cabujones aplicados en caliente , decoración grabada a la rueda, tapón de vidrio soplado opalescente, zócalo de peral esculpido y tintado
Alt. 40; Anch. 12,5 cm.
© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski


Uvas misteriosas
Uvas misteriosas
Uvas misteriosas
Uvas misteriosas
Uvas misteriosas
Uvas misteriosas
Uvas misteriosas

Raisins mystérieux [Uvas misteriosas]


Durante la Exposición Universal de 1889, Emile Gallé conoce al poeta Robert de Montesquiou. Ambos mantienen relaciones privilegiadas hasta el día de junio de 1897 en el que ocurre la inevitable desavenencia con la que el muy susceptible conde suele concluir sus amistades.
Mientras tanto, a comienzos del año 1893, Gallé ofrece Uvas misteriosas a Montesquiou. Como este solicitó el motivo de semejante gesto, Gallé le escribió: "¿Con qué título le fue enviado este cristal por mí, después de haberle sido destinado desde hace tiempo? Al de Poeta. ¿Por qué? Porque "Su canto está lleno para mí de refugio". Le agradezco que, antes de hacer disfrutar de ella al mundo, haya aceptado comunicarme su palabra armoniosa; esa que da sueños a mis herramientas y proporciona vida y alas a la materia de repente palpitante".
De este modo, Gallé quiere mostrarse agradecido a aquel cuyos versos estimulan su inspiración. De vuelta, le dirige un poema, un poema de cristal. La deuda del artista está doblemente proclamada: con una dedicatoria debajo del frasco y con cuatro versos grabados en la panza, procedentes de Monstrances, la pieza número ochenta y cuatro de las Chauves-souris, obra publicada en 1892.

Desde el punto de vista técnico, el objeto es el fruto de un trabajo cristalero a su vez sabio y pensado, tanto por la composición del material como por la ejecución de la decoración. Estilísticamente predominan la influencia de los objetos chinos de piedras duras, así como aquella de la Edad Media con un zócalo que evoca un capitel de catedral gótica.
Pero el éxito procede ante todo de la capacidad de Gallé de sugerir un fenómeno natural: la maduración de los granos bajo el efecto de los rayos del sol (chispas de oro y de platino), su transformación en licor embriagador (gama de tonos violetados) y luego, por los torbellinos opalescentes del tampón, en vapores de alcohol.




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