Edgar Degas
Thérèse de Gas

Thérèse de Gas
Edgar Degas (1834-1917)
Thérèse de Gas
Hacia 1863
Óleo sobre lienzo
Alt. 89; Anch. 67 cm
© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski

Thérèse de Gas


Este retrato representa una hermana del pintor, Thérèse de Gas (1840-1912), con la que el artista estaba muy ligado. Hubiera podido ser realizado poco antes que Thérèse se casase con su primo Edmondo Morbilli, hijo de una familia noble napolitana.
El modelo se inscribe en un triángulo perfecto cuya base está constituida por el amplio vestido, proporcionando a Thérèse una solidez y una prestancia sorprendentes para su joven edad. Rivalizando con Ingres, Degas describe minuciosamente el elegante traje. En esta armonía de grises, de blancos y de negros, cuya profundidad iguala aquella de Manet, los largos lazos de satén rosa, anudados bajo el mentón, forman una nota clara y alegre.

En el fondo, una ventana se abre hacia una vista de Nápoles. Sin embargo el cuadro fue pintado en París. La aparición de la ciudad, donde la joven debe instalarse tras su matrimonio, constituye un índice que permite descifrar la obra. Lo mismo sucede con la mano que sale del chal y evidencia el anillo de compromiso.
El retrato, clásico por su composición y su enfoque, véase incluso mundano, con motivo de la rigidez del personaje, está impregnado de una gran sutileza psicológica. El rostro de Thérèse expresa a su vez la reserva y una leve interrogación. Degas traduce con sutilidad las tensiones interiores que invaden a su hermana cuando está a punto de casarse. La oposición entre la obscuridad de un interior vacío, que anuncia la partida, y la luz del paisaje, símbolo de un futuro optimista, expresan sentimientos ambivalentes. Esta dualidad también se hace sensible mediante la coexistencia de dos facturas contrastadas en la pintura. De este modo, la mano que lleva el anillo, está realizada con esmero, mientras que la otra, a penas dibujada, parece inconsistente. Esta alianza entre una manera seca y precisa, con una factura suelta de una gran modernidad, proporciona un singular encanto al retrato, que constituye una magnífica pieza de pintura.


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