Paul Gauguin
Oviri

Oviri
Paul Gauguin (1848-1903)
Oviri
1894
Gres
Alt. 75; Anch. 19; P. 27 cm.
© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski


Oviri

Oviri


Gauguin descubre la tierra con el ceramista Ernest Chaplet. Espera ganar dinero con los jarrones que inventa en 1887. Esta actividad finaliza durante su última estancia en París con la creación de una obra maestra, su mayor pieza: Oviri, gres cocido en el horno de Chaplet en diciembre de 1894. Como no llega a vender "su Asesina" la reclamó en 1900 a Daniel de Monfreid para colocarla encima de su tumba en Tahití. Afortunadamente éste no se la envió.

Tras deslumbrar a Albert Aurier en 1891: "¿Cómo narrar por fin estas extrañas, bárbaras y salvajes cerámicas en las que, el sublime alfarero, ha petrificado más almas que arcilla?". Se tendrá que esperar más de medio siglo para que las cerámicas susciten el interés. Christopher Gray, autor del catálogo Sculpture and Céramics of Paul Gauguin (1963), ve en Oviri "la expresión de la profunda desilusión y del desánimo de Gauguin. Tan sólo tiene 47 años y ha dedicado todas sus fuerzas a la carrera artística durante doce años. Le parece que ya no hace progresos. Su regreso a Francia le produce una serie de desastres [...] El tema de Oviri es la muerte, lo salvaje, lo arisco. Oviri trona encima del cuerpo de una loba muerta, aplastando su lobezno".
¿Tratase de la muerte del yo civilizado necesaria para la regeneración del artista, o más bien, como lo escribe Gauguin a Odilon Redon, de "la vida en la muerte"? Vista de espaldas, la silueta de Oviri evoca el Balzac de Rodin, especie de menhir que simboliza la creación que brota.




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