Camille Pissarro
Rincón de jardín en el Hermitage

Rincón de jardín en el Hermitage, Pontoise
Camille Pissarro (1830-1903)
Rincón de jardín en el Hermitage, Pontoise
1877
Óleo sobre lienzo
Alt. 55; Anch. 46 cm
© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski

Coin de jardin à l'Hermitage, Pontoise [Rincón de jardín en el Hermitage, Pontoise]


Rincón de jardín en el Hermitage parece alejarse del mundo familiar de Pissarro en favor de éste, más ordenado y urbano de los jardines de Monet. En este cuadro casi cuadrado, un jardín de recreo substituye los habituales huertos de pueblo y en lugar de las coles, las ensaladas y las alcachofas, se colocan las flores, los árboles, y los arbustos de horticultura. La diferencia no es anodina. Se ha reprochado duramente a Pissarro, durante la primera exposición impresionista de 1874, su tendencia a representar la clásica hortaliza en lugar de la vegetación noble. Pero Pissarro, que se describe en una carta a su hijo Lucien en 1887 como "un burgués sin dinero", no es el hombre de un solo entorno. No vive como un rústico ermitaño entre los campesinos de las cercanías de Pontoise. No solo ha podido ver las composiciones análogas de Renoir y de Monet, sino que también ha conocido muy bien la finca descrita aquí, propiedad de Marie Desraimes (1828-1894), gran burguesa y comprometida republicana.
Si Pissarro ha representado en varias ocasiones, en torno a 1876, el parque que rodea el amplio edificio, parece que aquí se concentra en el diálogo entre dos niñas que juegan en un banco, a la sombra de la abundante vegetación. Muy sutilmente, desde la conveniente distancia, se asoma a los secretos y al imaginario de la infancia. Ambas figuras centrales forman el punto de articulación, como en Corot, de una organización formal que orquesta múltiples líneas serpentinas. Y este pequeño banco con flores adopta el aspecto de barca mágica, entre los cuentos para niños y la navegación de recreo, tan apreciada por el impresionismo.
En la derecha, el furtivo recuerdo arquitectónico, introduce un hábil desequilibrio como si se tratase de transmitir la sensación de una mirada móvil. Este movimiento del ojo no trastorna sin embargo la solidez de la composición en la que notamos la intensa huella cezaniana. Ambos artistas trabajan a menudo juntos y se influencian mutuamente. La manera de colocar el color en cortas y vibrantes estrías, sensible en particular a la masa verde de los arbustos que se balancean en la parte superior del lienzo, es la marca de esta colaboración decisiva y duradera.




Aumentar la fuente Disminuir la fuente Enviar a un amigo Imprimir
Facebook
Google+DailymotionYouTubeTwitter