Vincent van Gogh
El salón de baile en Arles

El salón de baile en Arles
Vincent van Gogh (1853-1890)
El salón de baile en Arles
1888
Óleo sobre lienzo
Alt. 65; Anch. 81 cm.
© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski

La salle de danse à Arles [El salón de baile en Arles]


El 23 de octubre de 1888, Paul Gauguin se reúne con Vincent van Gogh en Arles, donde ambos sueñan con fundar juntos un "taller del mediodía" en el Sur de Francia. Pero el entusiasmo desaparece rápidamente. La presencia invasora de Van Gogh choca con la arisca independencia de Gauguin. Hacia mediados de diciembre, sin embargo, reanudan sus trabajos comunes, aprovechando un breve momento de calma en sus relaciones.

Dos grandes obras creadas durante estos pocos días de colaboración reanudada son las Arlesianas (Mistral) (Chicago, The Art Institute) de Gauguin, y El salón de baile en Arles de Van Gogh. Este cuadro parece representar una velada de fiesta en las Folies-Arlésiennes, un salón de baile del bulevar des Lices. La influencia de Gauguin se deja obviamente sentir ya que Van Gogh aplica escrupulosamente los principios sintéticos y divisionistas realizados por su compañero en Pont-Aven. La referencia al arte japonés también es perceptible en la elevación inhabitual de la línea de horizonte o incluso en este extraño y decorativo primer plano en el que dominan las curvas y contra-curvas de los peinados.

La multitud de personajes, la disparidad de sus atuendos y la estrecha imbricación expresan con gran habilidad el sentimiento de amontonamiento y de saturación. El retrato de la Señora Roulin, en el margen derecho, la única en girar su mirada hacia el espectador, parece incluso expresar un terror claustrofóbico. En las Arlesianas de Gauguin, dos personajes femeninos expresan, también, un sentimiento de inquietud o de angustia.
Para escapar de esta ansiedad latente, ambos van a Montpellier el 16 o el 17 de diciembre con el fin de visitar el museo Fabre. Las discusiones consecutivas evidencian más que nunca sus disensiones estéticas. Tras esa jornada, en la que la separación era ineluctable, Gauguin prepara su marcha.




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