Paul Gauguin
El taller de Schuffenecker

El taller de Schuffenecker
Paul Gauguin (1848-1903)
El taller de Schuffenecker
1889
Óleo sobre lienzo
Alt. 73; W. 92 cm
© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski

L'atelier de Schuffenecker [El taller de Schuffenecker]


Gauguin y Emile Schuffenecker, pintor menor de la escuela de Pont-Aven, se conocieron en 1872. Ambos estaban entonces empleados por un agente de cambio. Hasta su pelea, a comienzos de los años 1890, Schuffenecker apoya a Gauguin. Le alienta a lanzarse en una carrera de pintor, le mantiene, le aloja en varias ocasiones. Fue también el quien tuvo la idea de la exposición 1889 con Volpini, momento clave de la influencia de Gauguin en los jóvenes pintores. Sin embargo, Gauguin no duda en mostrar en varias ocasiones, como en este cuadro, su desprecio por el "bueno de Shuffenecker".

Gauguin emprende este lienzo en enero de 1889 y tan solo lo acaba en la primavera siguiente. Esto explica el contraste entre la pesada indumentaria de Louise, la Señora Schuffenecker, la estufa incandescente y el verde paisaje del fondo.
La influencia de Van Gogh es perceptible en las grandes zonas de colores primarios opuestas, amarillas y azules. Los personajes están tratados en llano, como en la estampa japonesa colocada en el muro. Ambos niños con sus batas rojas se describen con ternura. No se puede decir lo mismo de los padres. De Louise, Gauguin propone la imagen de una criatura arisca, véase maléfica. Tal vez le tenga rencor por no haberle recibido con entusiasmo cuando se instaló en casa de los Schuffenecker, con un cierto descaro. ¿A menos que, como lo sospechaba su entorno, el pintor intentase seducirla? Algunas indicaciones simbólicas podrían confirmar la hipótesis: dos retratos anteriores en cerámica de Louise tienen una serpiente por atributo, símbolo de la tentación. Y sobre todo aquí, la alianza ostentosa, en una mano desmesuradamente grande, la muestran en madre dominadora y en esposa reivindicadora.
En cuanto a Emile Schuffenecker en la izquierda, que pequeño parece con sus grandes zapatillas. Mira a su mujer con humildad. Sus manos se cruzan, sin el menor pincel, en una pose obsequiosa. Se niega al hombre como pintor y se le ridiculiza como marido. A la devoción de Schuffenecker, Gauguin solo ofrece a la posteridad este elocuente y cruel retrato de familia.




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