Henry-Pierre Picou
El nacimiento de Píndaro

El nacimiento de Píndaro
Henry-Pierre Picou (1824-1895)
El nacimiento de Píndaro
1848
Óleo sobre lienzo
Alt 113; Anch. 147 cm
© Musée d'Orsay, dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt

La naissance de Pindare [El nacimiento de Píndaro]


Fue en la escuela de Bellas Artes de París que el Nantés Henry Picou conoce a Jean-Léon Gérome (1824-1904), Jean-Louis Hamon (1821-1874) o también Gustave Boulanger (1824-1888). Estos jóvenes comparten el mismo concepto aristocrático del artista. Se destacan de un realismo que juzgan trivial, revisitando la Antigüedad, por lo que se ganarán el apodo de neogriegos. El nacimiento de Píndaro, gran poeta lírico griego el siglo VI, es un cuadro emblemático de su estética.

Existe una inmensa distancia, entre la atractiva Antigüedad imaginada por Picou y aquella, edificante y afectada, de los neoclásicos tardíos. Aquí no hay ninguna austeridad: la fuente con aguas espejeantes, el lujoso enlosado o también el trípode humeante, otorgan a la escena un carácter pintoresco. El corro de las musas, alrededor del joven Píndaro, añade una nota alegre y viva.

Alejándose de cualquier actualidad, los neogriegos adoptan una postura de repliegue altivo. Desconfían del utilitarismo burgués o democrático, de la política y de la moral. En este respecto, esta celebración del nacimiento de Píndaro es reveladora de un concepto elitista. El cuadro se apunta en la estela de obras que proclaman alto y claro el genio superior del artista, en cuya primera fila se encuentra La apoteosis de Homero de Ingres. En El nacimiento de Píndaro, Apolo honra con su presencia la llegada al mundo del genial niño. Calíope, musa de la poesía épica y de la elocuencia, levanta su brazo derecho, sin duda para proclamar la noticia a la población. Solo, en la izquierda, Melpómene, musa de la Tragedia, se enfurece ante este nacimiento que le hace sombra.
Picou expresa un concepto exaltado del arte, conforme al que el artista es un elegido, y su genio un don del cielo. Esta obra es pues un testimonio elocuente de la imagen que algunos artistas del siglo XIX se hacen de ellos mismos, privilegiados y predestinados.




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