Henri Rousseau, llamado el Aduanero
Retrato de la Señora M.

Retrato de la Señora M.
Henri Rousseau, llamado el Aduanero (1844-1910)
Retrato de la Señora M.
Hacia 1895-1897
Óleo sobre lienzo
Alt. 198; Anch. 115 cm.
© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski


Retrato de mujer

Portrait de Madame M. [Retrato de la Señora M.]


Entre el gran número de retratos pintados por Rousseau, es raro encontrar uno en pie y de semejante formato. Existe, sin embargo, otro que perteneció a Pablo Picasso (París, museo Picasso). El del museo de Orsay demuestra mayor desenvoltura en el dibujo y la composición, y mayor esmero en la ejecución. Pese a que la identidad del modelo siga dudosa, se podría tratar de un encargo, y como bien sabemos Rousseau los ejecuta mejor, cuanto más le pagan. Las mangas bufantes, llamadas "Médicis", muy de moda en torno a 1895 permiten fechar este cuadro. Las pulseras, la sombrilla con elegante puño, el fino pañuelo alrededor del cuello, nos indican que el modelo pertenece aparentemente a la burguesía.

Aquí, las leyes tradicionales de la perspectiva desaparecen. Los colores suaves y refinados, el dibujo nítido y la luminosidad de las formas evocan un mundo de riquezas y de claridad. El rostro está menos inmóvil que de costumbre. Rousseau ha reducido la importancia de la cabeza, disminuyendo la importancia otorgada al cabello (el arrepentimiento es visible). La disimetría de los brazos, la posición del pie izquierdo hacia delante, crean una leve animación. El marco de vegetación, en el que percibimos un gato jugando con una pelota, también contribuye a atenuar la rigidez de este retrato, todo y poniendo adelante las masas negras del vestido y de la sombrilla. El modelo está rodeado de arbustos y de flores de esencias variadas, demasiado estilizados para permitir su identificación. Con excepción, no obstante, de los pensamientos colocados delante, que vemos evidenciados en varios cuadros.
Con esta obra, Rousseau parece querer rivalizar, por lo menos inconscientemente, con las efigies mundanas del Salón o con los grandes retratos flamencos del siglo XVII. Pero sigue ante todo fiel a su propio estilo y universo.




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