Charles Emile Jacque
Rebaño de borregos en un paisaje

Rebaño de borregos en un paisaje
Charles Emile Jacque (1813-1894)
Rebaño de borregos en un paisaje
1861
Óleo sobre lienzo
Alt. 176; Anch. 280 cm
© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski

Troupeau de moutons dans un paysage [Rebaño de borregos en un paisaje]


Durante el Salón de 1861, el hombre de letras Alfred Nettement se extasía en estos términos delante del cuadro de Charles Emile Jacque: "¡Cómo circula la luz bajo estos árboles! Estos borregos son borregos de verdad. Se los ha encontrado en la llanura, tristes y sucios, con el aire tranquilo y alelado de esta pobre especie...". En la luz clara de la gran llanura que se extiende entre Barbizon y Chailly, donde Jean-François Millet también encuentra su inspiración, el pintor produce una obra de un sólido realismo. Fue este aspecto que, a comienzos del siglo XX, todavía sorprende a Charles Moreau-Vauthier. En su libro sobre los grandes maestros de la pintura, escribe: "Aquí estamos en medio el campo... Reconocemos sus amplios horizontes y sus escasos árboles que se erigen en ramos de verdor en el cielo, para examinar a los borregos, observamos una profunda ciencia del animal, de su construcción, de su aspecto, de su fisionomía. La atención del pastor y de su rebaño, la silueta espabilada del perro, todo concuerda para ampliar todavía más el cuadro, dar la impresión que más allá del marco, la llanura inmensa continúa".

Rebaño de borregos en un paisaje es característico de la llamada de la naturaleza que trastorna la literatura francesa a finales del siglo XVIII, y encuentra su apoteosis, en pintura, a partir de los años 1830. Jules y Edmond de Goncourt incluso afirman, con motivo de la Exposición Universal de 1855 que el "paisaje es la victoria del arte moderno, es la honra de la pintura del siglo XIX". En efecto, tras los pintores de la escuela de Barbizon, el paisaje se impone como un tema de mayor relevancia en la creación pictórica. Algunos artistas, como Jacque, ya no dudan en dedicar lienzos de un formato tradicionalmente reservado a la pintura de historia, a apacibles escenas de la campiña francesa. De cerca de dos metros por tres de dimensión, éste demuestra de este modo la voluntad de trastornar la tradicional jerarquía de los géneros, planteamiento que encuentra valiosos precedentes en los paisajistas holandeses del siglo XVII.




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