Reseña Manet: selección de textos

pintura
Edouard ManetLola de Valencia© Musée d'Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt

Paul de Saint-Victor, La Presse, 1863
Nunca se han provocado más espantosas muecas de las líneas y hecho chirriar los tonos. Sus Toreros espantarían hasta las vacas españolas; bastaría con que sus Contrabandistas se mostrasen para que se dieran a la fuga los aduaneros más intrépidos. Su Concierto en las Tullerías destroza la mirada, como la música de las ferias hiere al oído.


Paul Mantz, Gazette des Beaux-Arts, 1863
Aquí ya no hay más que la lucha chillona de los tonos yesosos junto con tonos negros. El efecto es pálido, duro, siniestro. En otras ocasiones, cuando el Sr. Manet está de buen humor, pinta la Música en las Tullerías, El Ballet español o Lola de Valencia; es decir cuadros que revelan en él una abundante savia, pero que en su abigarramiento rojo, azul, amarillo y negro, son la caricatura del color, y no el propio color. En definitiva, este arte puede ser muy leal; pero no es sano; y no nos encargamos para nada de defender la causa del Sr. Manet ante el jurado de la Exposición.


Zacharie Astruc, Le Salon de 1863, n°16, 20 mayo de 1863
El talento de Manet tiene un aspecto de decisión que sorprende – algo afilado, sobrio y enérgico que constituye una naturaleza tan contenida como arrebatada, y sobre todo sensible a las impresiones acentuadas. Cuida el efecto; su naturaleza se dedica a la verdad, sin demasiadas búsquedas sutiles, poco cuidadosa del brillo, pero estimulada por todo aquello que le muestra en la naturaleza un aspecto pasional. La escuela española le atrae invenciblemente por sus coloraciones grises en las que los blancos pasan a ser agudos y como escalofriantes; apaga los tonos resplandecientes y les proporciona una cierta fiebre que les transpone. Sobre todo, es un hijo querido por la naturaleza que idolatra. La naturaleza es todavía más sabia que todas las escuelas - Manet lo sabe muy bien. Su gran inteligencia, bello fruto todavía algo verde y áspero – bastante malo, lo confieso, para labios demasiado melindrosos – pretende funcionar libremente en una nueva esfera que intensificará.

Théophile Gautier, Le Moniteur universel, 1865
Olympia no se explica desde ningún punto de vista, incluso aceptándola por lo que es, un enclenque modelo tumbado encima de una sábana [...]. Podríamos disculpar la fealdad, pero verdadera, estudiada, realzada por algún efecto espléndido de color [...]. Aquí, no hay nada, lamentamos decirlo, excepto la voluntad de atraer las miradas a toda costa.

Edouard Manet 
 (1832-1883)
 Emile Zola
 1868
 Óleo sobre lienzo
 Alt. 146,5; Anch. 114 cm.
 París, museo de Orsay, donación de la Señora viuda de Emile Zola, 1918
Edouard ManetEmile Zola© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski
Emile Zola, L'Evènement illustré, 1866
El lugar del Sr. Manet está indicado en el Louvre, como el de Courbet, como aquel de cualquier artista de un temperamento original y fuerte. Además, no existe la más mínima similitud entre Courbet y el Sr. Manet, y estos artistas, de ser lógicos, han de negarse uno al otro. Precisamente es porque no tienen nada en común que cada cual puede vivir una vida particular. [...] Se reirán tal vez del panegirista, como se han reído del pintor. Un día, ambos encontraremos venganza. Existe una verdad eterna que me apoya en la crítica: y es que los temperamentos solos viven y dominan las épocas. Es imposible, - imposible, me oyen, - que el Sr. Manet no tenga su día de triunfo, y que no aplaste a las tímidas mediocridades que le rodean.

Edmond Duranty, in Fernand Desnoyers, éd., Almanach parisien, 6° año, 1867
Por fin, este año, el Sr. Manet ha causado un verdadero, un serio escándalo, y ha cosechado la gloria al revés. Tenderos, gente del mundo, estudiantes, mujeres filósofas, artistas segundarios, todos han reído mucho. […] Algunos pintores, que conocen los requisitos de su arte, algunos literatos acostumbrados a valorar solo el acento, solo a los hombres que saben encontrar su propia manera, son los únicos en reconocer todo el interés de esta obra muy-original, muy-vigorosa, y en la que los defectos son aquellos de cualquiera que intenta alejarse del camino trazado. [...]

Sin embargo, los pintores de los que acabamos de indicar la pequeña sucesión histórica, no han alcanzado la plenitud de su talento, y numerosos trabajos han de proporcionarles resultados más decisivos.[…] Entonces si no son de índole mediocre, si tienen algo de valentía y que su muy legítimo asco por las rutinas no se transforma en una perezosa satisfacción de si mismo, si un éxito momentáneo no les hace pensar que su capricho desempeñará su papel, mientras que toda la importancia de este papel consista en la firme voluntad de seguir una misma línea, siempre la misma...
¡Serán pintores! […]
¡Adelante, pues! Y que no cuenten solo en sus adversarios para mantenerles por el camino de la salvación: ¡El Realismo!

Joris-Karl Huysmans, L'Art moderne, 1883
Envolver sus personajes en la fragancia del mundo al que pertenecen, ésta ha sido una de las más constantes preocupaciones del Sr. Manet. Su obra clara, liberada de las tierras de musgo y de los "jugos de pipa" (sic, humos y patinas debidos a la pipa) que han cubierto de mugre, durante mucho tiempo los lienzos, tiene un toque a menudo calma bajo su apariencia rebelde, un dibujo conciso pero titubeante, un manojo de manchas llamativas en una pintura plateada y rubia.

Antonin Proust, La Revue blanche, 1897
En Manet, la mirada desempeñada tan relevante protagonismo que París nunca ha conocido andariego semejante a él, y de andariego que anda más útilmente. En cuanto llegaban los días de invierno, en los que la niebla guata, a partir de la mañana la luz hasta el punto que cualquier trabajo de pintura se vuelve imposible en el taller, nos escapábamos corriendo hacia los bulevares exteriores. Allí, dibujaba en su cuaderno poca cosa, un perfil, una bandera; en una palabra, una impresión fugitiva. Y cuando, al día siguiente, un compañero le decía, hojeando su cuaderno: “Deberías acabar esto”, se echaba a reír. "Me tomas, decía, por un pintor de historia". "Pintor de historia" era, en su boca, el mayor insulto que se podía dirigir a un artista.

Edouard Manet 
 (1832-1883)
 Stéphane Mallarmé
 1876
 Óleo sobre lienzo
 Alt. 27,5; Anch. 36 cm.
 París, museo de Orsay, adquirido mediante el apoyo de la Sociedad de los Amigos del Louvre y D. David Weill, 1928
Edouard ManetStéphane Mallarmé© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski
Stéphane Mallarmé, Divagations, 1898
Recuerdo, decía, entonces, tan acertadamente: "El ojo, una mano..." que recuerde.
Este ojo - Manet – de una infancia de rancio abolengo citadino, nuevo, sobre un objeto, las personas, dirigido, virgen y abstracto, mantenía antaño el inmediato frescor del encuentro, con las garras de una risa con la mirada, para regodearse, en la pose, luego, de las fatigas de la vigésima sesión. Su mano – de sentida y dispuesta presión, enunciaba en que misterio la nitidez de la mirada orientada hacia ella, para ordenar, vivaz, lavada, profunda, aguda o atormentada por un determinado negro: la obra maestra nueva y francesa.

Georges Bataille, Manet, 1955
El nombre de Manet tiene, en la historia de la pintura, un sentido particular. Manet no es solo un inmenso pintor: Ha cortado con sus predecesores; abierto el periodo en el que vivimos, acorde con el mundo de ahora, con el nuestro; desentonando en el mundo en el que vivió, al que escandalizó. La pintura de Manet operó un brusco cambio, un derrocamiento ácido, al que estaría adecuado el nombre de revolución, si éste no generase un equívoco: El cambio a vista, de la mentalidad de la que esta pintura es significativa, difiere, por lo menos en lo esencial, de aquellos cambios registrados por la historia política. [...] Antes de Manet, jamás el divorcio entre el gusto público y la belleza cambiante, renovada por el arte a lo largo del tiempo, había sido tan perfecto. Manet inaugura la serie negra; fue a partir de él que la ira y las risas públicas también han señalado el rejuvenecimiento de la belleza. Otros antes que él habían provocado el escándalo; la unidad relativa del gusto de la época clásica estaba entonces afectada. El romanticismo la había roto, generando la ira; Delacroix, Courbet y, el profundamente clásico, el propio Ingres, habían hecho reír. Pero la Olympia es la primera obra maestra de la que la muchedumbre se haya reído de una risa inmensa.

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