Exposition au musée

Los orígenes del mundo. La invención de la naturaleza en el siglo XIX.

Del 19 Mayo al 18 Julio 2021
Gabriel von Max (1840 - 1915)
Abélard et Héloïse
© The Jack Daulton Collection / DTP

Prólogo

Prólogo

Para «pensar» nuestra relación con la Naturaleza, es necesario un rodeo por el siglo XIX. Fue en el siglo XIX que la relación del hombre con el mundo natural se transforma radicalmente. El censo de las tierras, plantas y animales se extiende a todos los continentes. Descubrimos la antigüedad de la tierra y de la vida; la industrialización y la urbanización modifican los paisajes.

Fue durante este siglo que nacieron las ciencias modernas de la vida y de la tierra: biología, paleontología, química orgánica, fisiología, geología, bacteriología, antropología, ecología...
Pero son, sobre todo, las teorías de la evolución que modifican profundamente nuestra concepción del hombre, sus orígenes y su lugar en la naturaleza. A partir de El origen de las especies, publicado por Darwin en 1859, el ser humano forma parte de un árbol genealógico que abarca todos los seres vivos.
La exposición revisita un «largo siglo XIX», de la Revolución a la Primera Guerra Mundial, en la que los principales hitos de los descubrimientos científicos se confrontan con el imaginario artístico.
El Prólogo recuerda los mitos de los orígenes que han estructurado el imaginario occidental: los relatos bíblicos de la Creación del mundo en seis días, el jardín del Edén, los primeros padres - Adán y Eva modelados «a imagen de Dios» -, el nombramiento de los animales por Adán - única criatura dotada de lenguaje -, la Caída, el Diluvio, por fin el Arca de Noé. El mundo bíblico es un mundo cerrado, un jardín creado por el hombre, que tiene su uso y lo conserva.

De la curiosidad a la estudiosidad

De la curiosidad a la estudiosidad

Hasta el siglo XVIII, el mundo está pensado como un jardín donde la naturaleza está al servicio del hombre. En el Renacimiento se multiplican las descripciones precisas de plantas y animales, y se publican los primeros tratados de zoología. Príncipes, humanistas y científicos crean «gabinetes de curiosidades» que mezclan naturalia (objetos naturales), artificialia (objetos creados por el hombre) y mirabilia (objetos sorprendentes y maravillosos). Los Viajes de exploración conducen a coleccionar y aclimatar especies desconocidas en Europa, en los jardines y casas de fieras de los príncipes. La fascinación por los grandes animales (rinoceronte, jirafa...) inspira los artistas. La colecta, el inventario, la descripción y la clasificación de los minerales, de los vegetales y de los animales parece reiterar el nombramiento de los animales por Adán y vuelve a traer la diversidad de los «nuevos mundos» en la órbita de la civilización cristiana.
Nombrar las especies se encuentra en el centro del proyecto del naturalista sueco Carl von Linné (1707-1778), el padre de la nomenclatura binominal de las especies (combinación de dos nombres latinos) y de la clasificación en clase, orden, género, especie y variedad.
El conde de Buffon (1707-1788), Director del Jardín del Rey y del Gabinete de Historia Natural (1739), también aspira a un inventario completo de la Naturaleza; pero desatiende las clasificaciones, consideradas arbitrarias, y busca las «causas naturales» de los fenómenos. Su Historia natural en 36 volúmenes ilustrados (1749-1789) tuvo un inmenso éxito.

Inmensidad y diversidad del mundo

Inmensidad y diversidad del mundo

Ya en el siglo XVIII, científicos embarcan junto a Bougainville (1766), Cook (1768), o La Pérouse (1785), y se publican láminas de ilustración de sus observaciones. Pero, en el siglo XIX, la expansión colonial de los Estados europeos, contribuye al incremento de los intercambios marítimos y de las misiones científicas que incluyen naturalistas y artistas. El número de especies identificadas explota, y la clasificación basada en el fijismo de las especies no basta para mostrar la diversidad de los seres vivos.
La exposición evoca tres expediciones emblemáticas: el viaje a Australia (1800-1804) de Nicolas Baudin con el naturalista Peron y los artistas Charles Alexandre Lesueur, Nicolas-Martin Petit y Michel Garnier; hacia América Latina (1799-1804) de Humboldt y Bonpland, que atribuye al primero el apodo de «segundo descubridor de América» e inaugura un pensamiento ecológico; y el de Charles Darwin a bordo del Beagle, a América Latina y Australia (1832-1835).
Los pintores naturalistas y animalistas, los paisajistas inspirados en la «geografía de las plantas», la de Humboldt en particular, ilustran la diversidad de las especies. El animal hace su entrada en los nuevos museos de Historia Natural y en los jardines zoológicos. Se amplían los invernaderos y los jardines botánicos con plantas exóticas. Con la oceanografía, se apasionan por los acuarios y la vida en los abismos; Jules Verne, con Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), magníficamente ilustrado por Neuville y Riou, marcará la imaginación de sus contemporáneos.

Antigüedad del mundo

Antigüedad del mundo

A comienzos del siglo XIX, la geología descubre la inimaginable antigüedad de la Tierra, estimada hasta entonces en unos miles de años. La imagen de un mundo modelado por tiempos muy largos, calculados en centenares, incluso millones de años sustituye a la de un mundo creado en seis días por las Escrituras. Los científicos discuten sobre el diluvio bíblico, los glaciares, los volcanes (neptunismo o vulcanismo). George Cuvier (1769-1832) en Francia, William Buckland (1784-1856) en Inglaterra, explican las extinciones y sucesiones de especies por la llegada de catástrofes (catastrofismo). El geólogo Charles Lyell (1797-1875), por su lado, defiende el uniformismo que postula transformaciones lentas y graduales, y la permanencia de los procesos ejercidos en un pasado lejano; el pasado podría de este modo deducirse del conocimiento del presente.
El estudio de los fósiles revela la antigüedad de la vida. Con el descubrimiento de las especies extintas por Cuvier, la cronología bíblica y el «fijismo» (ausencia de transformación de las especies) se ponen en entredicho. Los dinosaurios intrigan y fascinan. ¿Cómo representar este bestiario desaparecido? En 1854, los modelos de dinosaurios en tamaño natural del Crystal Palace de Londres prefiguran un Jurassic Park.
El descubrimiento de osamentas humanas prehistóricas también genera muchas preguntas sobre la apariencia y la forma de vida de estos primeros hombres. La vulgarización científica de Louis Figuier (1819-1894) difunde abundantemente reconstituciones de la vida primitiva y algunos artistas se especializan en la representación de la Humanidad en la Edad de Piedra.

Evolución

Evolución

El descubrimiento de la antigüedad del mundo, la explosión del número de especies y el estudio de su distribución geográfica, son las primicias del evolucionismo. La representación predominante en Occidente de una escala lineal de los seres que va de lo inorgánico hasta Dios, desaparece ante la de un árbol de vida con ramificaciones en el que todas las especies están relacionadas por la genealogía.
La evolución se entiende y se imagina de forma diferente en Francia, Reino Unido y Alemania. Lamarck introduce el principio de una modificación de las especies a lo largo del tiempo, por adaptación continua a entornos inestables. Darwin y Russel Wallace teorizan la selección natural como principal mecanismo de la evolución, a la que Darwin añade la selección sexual. Haeckel afirma, a partir de 1866 la ascendencia simiesca del hombre y se hace el apóstol del darwinismo. Marcado por Goethe y su idea de la unidad de la Naturaleza en todas sus metamorfosis, destaca el origen de la vida a partir del mundo inorgánico, y la «recapitulación» de la historia de la evolución de las especies (filogénesis) durante el desarrollo del individuo (ontogénesis). Los neolamarckianos franceses, como el zoólogo Edmond Perrier (1844-1921), así como el científico anarquista ruso Piotr Kropotkin (1842-1921), subrayaron la cooperación y la solidaridad entre las especies en lugar de la «lucha por la existencia».

¿El simio – un espejo?

¿El simio – un espejo?

La iconografía del simio refleja el malestar ante nuestros ancestros simiescos y la búsqueda fantasmal de un «eslabón perdido» entre el animal y el humano. Las imágenes graciosas o humorísticas de «monerías» tan apreciadas por el siglo XVIII, que ponen en escena simios que imitan a humanos, dan paso a otros tipos de representaciones; algunas, más inquietantes, son encarnaciones de la bestialidad, como en Frémiet o Kubin, otras se acercan a una desconcertante humanidad, como en Gabriel von Max (1840-1915), darwinista y espiritista . Von Max conocía bien los simios, que afeccionaba como animales de compañía.
En Gustave Moreau (1826-1898) los bocetos de simios, a partir del natural, servirán de modelos para ilustrar las Fábulas de La Fontaine, pero también para sorprendentes cuadros en los que, al contrario de los modelos humanos, con frecuencia hieráticos, los simios son realistas y muy expresivos. A su vez, el cine interrogará la ambigüedad de la relación entre el hombre y el simio, de Le savant et le chimpanzé [El doctor y el chimpancé] de Georges Mélies al King Kong de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack (1933), y aquellos tantos que vendrán después.

Híbridos y quimeras

Híbridos y quimeras

¿Sería el hombre un animal «como otro»? ¿Cómo expresar la difícil coexistencia de nuestra humanidad y de nuestra animalidad? La mitología está poblada de seres híbridos, centauros, minotauros, sirenas y algunas quimeras, que los artistas de finales del siglo XIX recuperan a la luz de los nuevos conocimientos científicos, con nuevas soluciones plásticas en la articulación hombre-animal. Arnold Böcklin (1827-1901) se apasiona por las investigaciones de la estación zoológica de Nápoles fundada por su amigo Anton Dohrn, alumno indisciplinado de Haeckel - lo pintará en alegre tritón- y llena sus cuadros de sirenas y centauros «realistas» e irónicos. En Rodin, La Centauresse [Centauresa]encarna una forma de tensión dolorosa entre el cuerpo animal y el torso humano; la Femme-poisson [Mujer-Pez] muestra una inquietante hibridación del rostro. El bestiario fantástico de Jean Carriès (1855-1894) se inspira en las gárgolas de la Edad Media, el arte japonés que lo fascina, y la estética simbolista de la metamorfosis, que evoca de buen grado los orígenes de la vida en las aguas y las criaturas híbridas.

La búsqueda de los orígenes – ontogénesis y filogénesis

En Europa, el darwinismo se difunde sobre todo con los escritos del zoólogo alemán Ernst Haeckel (1834-1919). Desarrolla la idea, compartida por Darwin, de la «recapitulación»: el desarrollo del individuo, la ontogénesis, que repite de forma abreviada el desarrollo de la especie, la filogénesis. Esta teoría, que postula un «triple paralelo entre el desarrollo embriológico, sistemático y paleontológico del organismo», abre una «era de la genealogía». Es central en Freud (1856-1939) para sus teorías sobre la sexualidad infantil y las neurosis, vistas como «regresiones» a la infancia de la especie. En Thalassa (1924), su alumno Sandor Ferenczi (1873-1933) empujará todavía más lejos estas «fantasías filogenéticas» teorizando la nostalgia del útero materno como una regresión hacia los orígenes marinos de la vida, y el instinto de muerte como un regreso hacia la paz del mundo inorgánico.
Escritores y artistas se apasionarán, por la genealogía, y por las etapas primitivas de la vida. Gustave Flaubert (1821-1880), lector de Haeckel, escribe en La Tentation de Saint Antoine [La tentación de San Antonio]: «Soy el contemporáneo de los orígenes. He habitado el mundo informe donde dormían bestias hermafroditas [...] cuando se confundían dedos, aletas y alas...». En los pintores, organismos unicelulares, animales marinos o formas embrionarias se insinúan en universos indefinidos, o en los secretos de la maternidad.

La Naturaleza artista

La Naturaleza artista

Emile Gallé-La main aux algues et aux coquillages
Emile Gallé
La Main aux algues et aux coquillages, en 1904
Musée d'Orsay
Don des descendants de l'artiste au musée d'Orsay, 1990
© Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
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El impacto del evolucionismo en Francia coincide con el desarrollo del impresionismo; los pintores leen Darwin, Haeckel, Ludwig Büchner, las revistas científicas populares. Claude Monet (1840-1926), libre pensador y republicano, hermano de un químico, amigo de Clémenceau, está en contacto con los círculos que debaten del evolucionismo. Con frecuencia se ha destacado su interés por la luz y la naturaleza de la sensación, según la teoría de la visión de Hermann von Helmholtz, que se tradujo en Francia en 1867. Pero con sus Nymphéas [Ninfeas], interroga la Naturaleza creadora de formas, mostrándola en toda su vitalidad generadora, a la vez que abarca la abstracción.
A partir de 1890, Odilon Redon se aparta de sus «Negros» y se convierte en colorista: «He abrazado el color», escribe. También se orienta hacia formatos más grandes, en particular para la decoración del castillo de Domecy-sur-le Vault. Sus pinturas y sus pasteles muestran su fascinación por la luz y los esplendores de una natura naturans, una naturaleza en continua metamorfosis.
El mundo infinitamente pequeño, la botánica y las profundidades oceánicas inspiran también las artes decorativas (Binet, Gallé, Tiffany, Roux...). Emile Gallé realiza numerosas obras sobre el tema del mundo submarino, incluido el jarrón Les fonds de la mer [Los fondos del mar] (1889), verdadera síntesis del surgimiento de la vida en el entorno acuático, y la Main aux algues et aux coquillages [Mano con algas y conchas], testamento artístico del maestro cristalero.

Del evolucionismo al esoterismo

Del evolucionismo al esoterismo

Confrontados al evolucionismo, muchos artistas rechazan la «naturalización» del hombre. Buscan una nueva espiritualidad y una inmortalidad laica en diferentes corrientes esotéricas influyentes en el cambio de siglo. Gabriel von Max y Kupka se interesan por el espiritismo; Kandinsky, Hilma af Klint, Mondrian buscan en la teosofía o en la antroposofía una vía que permita al espíritu elevarse por encima de la materia, y se encaminan por la abstracción.
En su obra teórica De lo espiritual en el arte, Kandinsky describe el giro provocado por «la inestabilidad de la religión, de la ciencia y de la moral»; solo las artes, la pintura, la música, pueden ofrecer una vía de escape de «la gran oscuridad que se acerca», a condición de encontrar nuevas formas, «formas puras». La sueca Hilma af Klint, ella también inspirada en la teosofía o la antroposofía, pinta cuadros y acuarelas que figuran una materialización del alma, las edades de la vida, o la geometría del universo. Piet Mondrian representa la evolución del espíritu hacia el plano astral y, posteriormente, el plano divino de los teósofos.

Epílogo

La «Gran Guerra» suena el final de este «largo siglo diecinueve» que acaba de recorrer. En la antigua Europa, las masacres de ambas guerras mundiales inauguran una época tremenda que ve las teorías evolucionistas darwinistas acaparadas y distorsionadas por las peores ideologías totalitarias, como el nazismo, cuyo racismo y eugenismo son las componentes esenciales y aspiran a formar un «hombre nuevo» por la selección y la eliminación de los seres considerados como inferiores.
De forma paralela a esta funesta visión del hombre meramente «zoológica», la biología, la genética, la ecología, han acercado los destinos del hombre y del animal en un mismo ecosistema.
En estos comienzos del siglo XXI, con el desajuste climático y la Sexta extinción de las especies, ¿nuestra visión de la tierra vuelve a ser la de un mundo cerrado, acabado, amenazado de destrucción? ¿Puede el hombre volver a pensar su relación con la Naturaleza, nuestra cuna? ¿Logrará preservar la diversidad, y tal vez recuperar esta fascinación que su belleza ha provocado en los artistas y los poetas del pasado?