Emile Hébert La bruja

Colecciones
sculpture, Emile Hébert, La sorcière, vers 1865
Emile Hébert
La sorcière, vers 1865
Musée d'Orsay
© Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
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Una anciana subida a una escoba, vestida con un gran manto que flota al viento, acompañada de un búho y un grimorio con páginas cubiertas de símbolos misteriosos: Émile Hébert reunió en esta obra todos los atributos de los cuentos y leyendas tradicionales de brujas.
El artista introdujo un elemento original, raro en la escultura: los paisajes sobre los que vuela la bruja, representados en la superficie redondeada de la base; que puede evocar un fragmento del globo terráqueo. Se adivina un pueblo de apariencia germánica en la cara principal, y dos escenas secundarias, menos identificables (quizás un campamento de tiendas sobre un fondo montañoso, y formas geométricas, que evocan las pirámides de Egipto vistas desde el cielo).

 

Formado por su padre y por el escultor romántico Jean-Jacques Feuchère, Hébert tuvo una carrera honorable pero no de primer nivel. En términos de recepción crítica, su principal logro fue sin duda el pasaje que Baudelaire dedica, en su Salón de 1859, al conjunto Et Toujours! Et Jamais ! [¡Siempre y Nunca!], que representa a una joven desnuda entrelazada por un cadáver que la atrae hacia la tumba abierta a sus pies.

 

, Hébert, Emile
Emile Hébert
La sorcière, vers 1865
Musée d'Orsay
© Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
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Hébert es también autor de un Méphistophélès [Mefistófeles] (yeso en el Salón de 1853), inspirado en el primer Faust [Fausto] de Goethe (1808), popularizado en Francia en la década de 1820 a través de varias traducciones, adaptaciones y publicaciones ilustradas. Es probable que la iconografía de la Bruja  también esté inspirada en Fausto, y en particular, en la famosa escena de la Noche de Walpurgis, en la que las brujas se reunían en el monte Brocken para sus aquelarres.

Esta vena fantástica y neorromántica es sólo uno de los aspectos de la ecléctica obra de Émile Hébert: a pesar de que expuso poco en el Salón, este talentoso escultor, capaz de adaptarse a diversos estilos, fue sumamente prolífico en el floreciente mercado editorial de la segunda mitad del siglo XIX.

 

Nuestra Bruja es un bello testimonio de esta faceta, reflejada en su composición compleja y delicados detalles, bien representados en este modelo de terracota perfectamente ejecutado.