Musée d'Orsay: Léon Spilliaert Los Dominós

Léon Spilliaert
Los Dominós

Los dominós
Léon Spilliaert (1881-1946)
Los dominós
1913
Tinta de China, aguada, pincel, guache y pastel y tiza negra sobre cartón*
Alt. 88; Anch. 69 cm.
© Musée d'Orsay, dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt

Los Dominós


Autodidacta, Spilliaert creó un universo personal a medio camino entre el simbolismo y el expresionismo, gracias a los recursos gráficos que utilizaba: tinta, témpera, acuarela, lápiz, tiza, y pastel eran sus técnicas preferidas. Crea su obra más visionaria antes de 1914: de autorretratos angustiados (Autorretrato con máscaras, 1903) a paisajes nocturnos al límite de la abstracción, de su ciudad natal, Ostende (Claro de luna y luces ; Dique por la noche, reflejos de luz).

Los Dominós, de un formato excepcional, muestra tres personajes misteriosos, disimulados por sus disfraces de carnaval, sobre un fondo indeterminado. Las formas triangulares, sintéticas, masivas, de las tres figuras que ocupan prácticamente la totalidad del lienzo son quebradas por algunos toques de blanco: el puño enguantado, los ojos, los pies de la figura en segundo plano.
En una perspectiva sin profundidad, que sólo es apreciable a partir de la escala de los personajes, el personaje que da la espalda al espectador, estático, equilibra el movimiento de avance de las figuras del primer plano.

De una simplicidad formal radical, el dibujo no carece, sin embargo, de cierta teatralidad. En efecto, una narración se desprende de la mirada y la sonrisa del dominó central. Esta mujer enmascarada y disfrazada, que sonríe pero cierra el puño, intriga a la vez que sugiere la cuestión de la identidad.

El tema de la obra, como lo señaló Anne Adriaens-Pannier, especialista de Spilliaert, se encuentra estrechamente ligado al carnaval de Ostende, tradición que inspiró otras obras del artista, y un conjunto de dibujos preparatorios para los Dominos. Al igual que a su compatriota Ensor, a Spilliaert le interesaba la ambivalencia de la máscara, objeto revelador y a la vez ocultador, lúdico y trágico. La inquietante e indefinible naturaleza ligada a la ambigüedad del personaje enmascarado, fija y viva a la vez dentro de su disfraz, es recorrida en esta obra por una ligereza pasajera. El juego de seducción amorosa contiene una pizca de angustia: la mujer sonriente está acompañada de dobles rígidos y espectrales. E incluso su sonrisa gélida y tensa, que contrasta con la piel joven y rosada, recuerda a la de los esqueletos de las danzas macabras.




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