Musée d'Orsay: Edward Steichen The Black Canyon

Edward Steichen
The Black Canyon

The Black Canyon
Edward Steichen (1879-1973)
The Black Canyon
1907 (toma de vista 1906)
Revelado a la goma bicromatada
Alt. 48; Anch. 38 cm.
© Adagp - Musée d'Orsay, dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt

The Black Canyon


Después de haber organizado en 1906 una exposición en Nueva York consagrada a la Photo-Secession, Edward Steichen decide abandonar su exitosa carrera de retratista para ir a París. Antes de partir, emprende un viaje en solitario, que lo conduce de Nebraska a Nuevo México, pasando por el Colorado, destino muy popular entonces, y en consecuencia, poco apreciado por la vanguardia neoyorquina.

Impresionado por la grandeza y majestuosidad de las montañas Rocosas, el descubrimiento de estos paisajes fue para él una experiencia metafísica, que narró a Alfred Stieglitz, uno de los líderes del pictorialismo americano: «Es una de las sensaciones más extraordinarias que he vivido - no tanto en el plano pictórico [sino en el] plano global de la vida... No sabría decir qué es lo que más me impresionó: la pradera, o la montaña - una más vasta que la otra - formando un espacio sin límites... En cierta forma, después de haber visitado el Oeste, casi lamento mis viajes a París y a Europa. Uno siente un gran respeto y reconocimiento por los primeros colonos - ¡Dios mío, qué hombres y mujeres admirables!»

Deja de lado el punto panorámico turístico que ofrece el puente que cruza el Gran Cañón de Arkansas, donde se reúnen los turistas, y nos ofrece una visión casi abstracta del Black Canyon, donde la luz del día apenas penetra.

Inspirado desde su juventud por el contenido simbolista de las obras de Eugène Carrière y de James Abbott Whistler, siendo él mismo un gran aficionado a las obras nocturnas, Steichen es seducido por esta garganta de formas rasgadas y amenazantes. En esos años, en los que triunfa el japonismo, Steichen lo integra también a la construcción formal de su escritura fotográfica: las sombrías masas rocosas, las aguas impetuosas, y las nubes tormentosas encajan como piezas de un rompecabezas sobre una superficie plana. El agua en primer plano conduce al espectador a un punto de fuga dirigido al corazón de la imagen, antes de que la mirada sea aspirada por la cavidad celeste. El agua, la piedra, el cielo: la geografía del Oeste americano es reducida a sus elementos fundamentales.




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