Musée d'Orsay: Ferdinand Hodler (1853-1918)

Ferdinand Hodler (1853-1918)

ARCHIVO
2007

 

Ferdinand HodlerAutorretrato© Musée d'Art et d'Histoire / photo Bettina Jacquot-Descombes
En la encrucijada entre el siglo XIX y el siglo XX, Hodler fue uno de los principales pintores del simbolismo. Su potencia creadora, su predilección por los decorados y una pintura simplificada le acercan a Rodin y a Puvis de Chavannes, maestros indiscutibles al que, con frecuencia, se le compara por aquel entonces. Sin embargo Hodler sigue siendo poco conocido en Francia, mientras que en Suiza le consideran un gran pintor y en Alemania y Austria le destacan como uno de los fundadores del arte moderno.
Reuniendo 80 cuadros, muchos de entre ellos inéditos en Francia, cerca de treinta dibujos y fotografías, la exposición del museo de Orsay nos invita a un verdadero redescubrimiento.

De Berna a Ginebra: comienzos difíciles

Ferdinand HodlerJoven con amapola© Kunstmuseum, Bern
La llegada de Hodler a Ginebra a finales de 1871 marca sus verdaderos inicios artísticos. Antes, había seguido una formación con su padrastro, pintor de carteles, y luego con Ferdinand Sommer, especialista en paisajes alpestres para turistas. Se formó más como artesano que como artista, por ser un joven nacido en Berna en 1853, en una familia muy modesta. Su padre, ebanista, muere cuando Hodler era todavía un niño. Era el mayor de seis hijos y quedó huérfano con catorce años de edad. Pero es gracias a una determinación inquebrantable que decide franquear todas las etapas que le llevan a la vida artística a la que aspira.

Una vez instalado en Ginebra, por entonces el principal centro artístico de Suiza, Hodler atrae la atención de Barthélemy Menn, profesor en la escuela de dibujo de Ginebra, amigo de Corot y antiguo alumno de Ingres. Hodler se convierte en su alumno entre 1872 y casi 1877. Este aprendizaje fue determinante: Menn libera a Hodler de la composición convencional y basa la pintura paisajística en la medida, el dibujo y la observación relajada del motivo. Completa la cultura visual y artística de Hodler y le hace descubrir la pintura francesa. El ejemplo de Courbet será, en este sentido, determinante.

Ferdinand HodlerEl bosque de los Hermanos© Kunstmuseum Solothurn
Ejemplo de este nacimiento a la vida artística será El Estudiante, autorretrato en forma de profesión de fe. Pintado en 1874, coincide con las primeras apariciones públicas de Hodler, que expone sobre todo en Ginebra y participa en concursos dotados de premios. Manifiesta sus ambiciones acomodándose a todos los géneros: pintura histórica y temas suizos —en un momento en el que dicho país buscaba una identidad artística propia y un pintor nacional—, retratos de encargos, paisajes, escenas costumbristas.

La pintura de Hodler se caracteriza por un realismo agudo: desconcierta a la crítica de Ginebra, que se divide en dos bandos opuestos durante largo tiempo. Uno fustiga la complacencia por fealdad, el otro alaba la originalidad de un arte que abre un camino hacia una escuela nacional suiza de pintura. Empieza a destacar, pero Hodler vive a duras penas de su pintura. Su estancia en 1878 en Madrid constituye un intermedio feliz, aunque breve, en un periodo de grandes dificultades económicas.

 

 

 

Hodler y el simbolismo

Ferdinand HodlerEl Furioso© Kunstmuseum, Bern
A mediados de los años 1880, Hodler conoce en Ginebra a poetas, críticos y periodistas, como Louis Duchosal, Mathias Morhardt, Edouard Rod. Admiradores de Wagner, Mallarmé y Verlaine, constituyen los primeros círculos simbolistas de Ginebra en los que Hodler participa estrechamente. También están en contacto con los ámbitos artísticos parisinos que fortalecen sin duda las ganas del joven artista de verse consagrado.
Desde comienzos de los años 1881 en efecto, Hodler intenta llegar a un público más amplio: en 1881 expone en la Sociedad nacional de Bellas Artes un autorretrato bajo el título de El Furioso También muestra algunas obras en Londres. En 1885, se organiza una primera exposición particular en Ginebra, y luego en Berna en 1887. A pesar de que no proporcionan al artista el reconocimiento esperado, contribuyen a consagrarle como uno de los mayores artistas de Suiza.<//span>

 

Ferdinand HodlerMirada hacia la eternidad© Kunstmuseum, Bern
El arte de Hodler evoluciona hacia un realismo doblado de idealismo y de simbolismo. Los retratos de artesanos trabajando y de los desheredados son el punto de partida de una reflexión más amplia sobre el destino humano. Mirada en la eternidad constituye un jalón: un anciano talla el ataúd de un niño. Hodler, a pesar de restituir con esmero los detalles del trabajo del carpintero, relaciona la escena con un orden superior por la actitud de oración del personaje, la composición rigurosa y la potente luz.

Progresivamente despojado de cualquier referencia a la vida cotidiana o a un entorno social determinado, el tema evoluciona de unas procesiones o agrupaciones de ancianos rendidos hacia una radical puesta en escena de nuestra inexorable marcha hacia la muerte. Ya que la muerte es, en este periodo de finales de los años 1880 y comienzos de los años 1890, efectivamente la obsesión de un pintor que desde la infancia se ha enfrentado a la pérdida de los suyos, como lo demuestra aquí con La Noche</span, pintado en 1889-1890, obra maestra y manifiesto del simbolismo hodleriano.</span>

 

 

La Noche (1889-1890)

Ferdinand HodlerLa Noche© Kunstmuseum, Bern
En La Noche En La Noche el pintor se representa arrancado de su sueño por el fantasma de la muerte. A su alrededor, hombres y mujeres durmiendo abrazados, en los que se cuelan autorretratos y retratos de dos mujeres con las que Hodler comparte por entonces su vida: Augustine Dupin, compañera sentimental desde sus inicios y madre de su hijo, y Bertha Stucki, esposa durante un corto y ajetreado matrimonio.

Como Courbet en El Taller, Hodler hace un balance de un periodo de su vida en un cuadro autobiográfico con dimensiones de la pintura histórica.
Para Hodler, el alcance de la obra es universal ya que es simbólica: no es la representación de un momento particular, sino la evocación de la propia esencia de lo que son la noche y la muerte. El artista lleva aquí, hasta un punto inigualado hasta entonces, la combinación entre un realismo extremo y un orden decorativo estricto, que se convierte en seña de identidad del simbolismo hodleriano.
Como en Puvis de Chavannes, tan admirado por Hodler y que será uno de los grandes defensores de La Noche, las parejas se acomodan en un decorado sin profundidad en las que prevalece la ordenación rítmica de las figuras y de las líneas.

Ferdinand HodlerLa Verdad II© 2007, Kunsthaus Zurich
LLa ordenación de las figuras conforme a un principio de simetría y la búsqueda de frontalidad son también una de las más brillantes manifestaciones de un principio: el paralelismo (definido por Hodler como la repetición de formas semejantes), del que el pintor hará durante toda su vida la clave de su arte. El paralelismo aquí, más que un principio formal, es un pensamiento moral y filosófico, basado sobre la constatación de que la naturaleza tiene un orden, fundado en la repetición, y de que los hombres son, en el fondo, semejantes unos a otros.

El realismo de los desnudos y las poses de estas parejas abrazadas de La Noche provocan un escándalo en Ginebra en febrero de 1891. El cuadro fue excluido de la exposición de Bellas Artes de Ginebra.
Hodler organiza una exposición privada de pago, cuyos ingresos le permiten por fin realizar una ambición, varias veces aplazada: obtener el reconocimiento de París. Admitido en el Salón de la Sociedad nacional de Bellas Artes, La Noche es destacada por Puvis, pero también por Rodin y parte de la crítica.
Hodler saca de ello un sentimiento de triunfo, a pesar de que este primer éxito parisino no le conduzca a la gloria esperada. El artista expone en efecto todos los años en París hasta 1897 (excepto 1896). Pero tendrá que esperar a 1900 y a la Exposición Universal para obtener una medalla de oro, de nuevo con La Noche, entre otros cuadros simbolistas.

 

 

 

Restituir la emoción

Ferdinand HodlerComunión con el infinito© Kunstmuseum Basel / photo Martin Bühler
Mientras tanto, en efecto, Hodler inventa un simbolismo original, ajeno a cualquier inspiración literaria y nutrido por la búsqueda de una armonía perdida del hombre en la naturaleza. La mujer se convierte en la heroína espiritual de una aspiración a la armonía, mientras que el niño, y posteriormente el adolescente —Hector, el hijo del pintor— simbolizan la inocencia y la fuerza de la vida.
Esta celebración de la energía vital, de la luz como fuente de verdad, le inspiran ambiciosos cuadros de figuras, precedidos por múltiples dibujos preparatorios. Estas composiciones que se responden, en el espíritu de las grandes temáticas y de los ciclos simbolistas, le otorgan un éxito europeo, en particular, con las Secesiones que se forman en Austria (Viena) y en Alemania (Munich, Berlín).


Ferdinand HodlerCanto de la lejanía© Kunstmuseum St Gallen
Hodler abandona gradualmente el realismo de los años 1880 en favor de un realismo de expresión y de color: la indumentaria se compone de drapeados intemporales que subrayan el movimiento, la gestualidad sostenida se inspira en la danza moderna y en las investigaciones sobre la expresión de la emoción, que guían su renovación junto a Isadora Duncan, Loie Füller o Rudolf Laban. Hodler inventa nuevas coreografías para traducir y restituir con fuerza la emoción, principio fundador del acto creativo, según él mismo.

 

Retratos y autorretratos

Ferdinand HodlerRetrato de Gertrud Müller© Kunstmuseum Solothurn
Los retratos y la pintura histórica siguen una misma evolución. De un género practicado a veces en el pasado por motivos alimenticios, el retrato se convierte para Hodler en un género idóneo para sus experimentaciones sobre el color y la expresión. Los modelos destacan sobre un fondo neutro sin decorados. El pintor borra aquí cualquier referencia al entorno cotidiano del modelo para centrarse en su fisonomía.

Las poses evocan aquellas de los protagonistas de los cuadros simbolistas coreografiados, sin comprometer la predilección del artista por una estricta frontalidad y por los enfoques de cerca y dinámicos. Retratista muy buscado a partir de 1900, Hodler llevó hasta el último extremo el ejercicio del género, representando la agonía y la muerte de su amada, Valentine Godé-Darel.

Ferdinand HodlerValentine en su lecho de muerta© Kunstmuseum Basel / photo Martin Bühler
Con una brutalidad documental al borde de lo insostenible, consigna el inexorable progreso de la enfermedad y del sufrimiento en cerca de cien dibujos y pinturas, que de vez en cuando serán mostradas y vendidas poco después por el artista. Paliativo al dolor y al duelo, esta serie excepcional y única en la historia del arte, pertenece también, según su opinión, a la más amplia reflexión que ha emprendido sobre la muerte que, de aparición fantasmagórica y pesadilla en La Noche, de destino común de la humanidad con Hartos de vivir y La Euritmia, se convierte con Valentine en la gran estilizadora, poniendo al desnudo la verdad del cuerpo y del rostro.

Ferdinand HodlerAutorretrato con rosas© Photo Museum zu Allerheiligen, Schaffhausen
Con un espíritu de búsqueda y de exploración comparable, pero menos radical, Hodler practicó durante toda su carrera el autorretrato, esbozando de este modo una autobiografía, mediante algunos centenares de cuadros y de dibujos. A partir de las primeras efigies de los años 1870-1880, centradas en la representación del artista en el que se está convirtiendo y en sus relaciones con el mundo del arte, el autorretrato evoluciona hacia una introspección sin concesión en la que el pintor expresa sus interrogantes, sus dudas, pero también la satisfacción que le procuran la celebridad y el reconocimiento.

 

Hodler y la historia

A partir de 1900 en efecto, Hodler fue acogido como uno de los grandes decoradores y pintores de historia, y se le realizarán importantes encargos, tanto en Suiza como en Alemania. A partir de mediados de los años 1880, había puesto en imágenes episodios fundadores de la historia suiza y renovado profundamente la concepción de la pintura de historia y del decorado mural, algo que no vino exento de problemas.

Ferdinand HodlerLa Batalla de Morat© Glaris, Kunsthaus/ photo Urs Bachofen
Sus dos primeras realizaciones en este ámbito, en Suiza, el decorado del Palacio de Bellas Artes, con motivo de la Exposición nacional suiza de 1896 en Ginebra, y posteriormente lo que se convirtió en Suiza durante cerca de dos años (1898-1900) en la "pelea de los murales" entorno a su representación de La Retirada de Marignan para el museo nacional suizo de Zúrich, son el objeto de violentas polémicas. Se le reprocha la distancia que toma con la historia, la ausencia de sentimiento heroico, tal y como se suelen exaltar en la pintura de historia más descriptiva y más narrativa.
Hodler expone en Europa los cartones de su decorado de Marignan, en particular en la Secesión vienesa, donde se le admira como uno de los mayores decoradores del momento junto a su amigo Gustav Klimt.

Sin embargo, hay que esperar más de 10 años para que se le confirme el encargo del decorado del muro opuesto deLa Retirada de Marignan. Hodler elige ilustrar una victoria de la Confederación suiza sobre Carlos el Temerario: La Batalla de Morat. , último decorado de historia del artista que trabajará en él a partir del verano de 1915, en Francia y que posteriormente dejará inacabado en 1917. El episodio constituye el logro de la empresa radical de simplificación del género por Hodler. Lo regenera en profundidad por la elección de colores chillones colocados por empastes y por la potencia de la expresión.

Ferdinand Hodler (1853-1918)
 El leñador
 1910
 Óleo sobre lienzo
 Alt. 130; Anch. 101 cm.
 París, museo de Orsay
 (c) Musée d'Orsay, Patrice Schmidt
Ferdinand Hodler El leñador© Musée d'Orsay, dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
Cualidades monumentales que le sirven para imaginar amplias decoraciones para la Universidad de Iena, el Ayuntamiento de Hanóver (Unanimidad en 1913), el Kunsthaus (Mirada hacia el infinito, 1915) o la Universidad de Zúrich (Floración, inacabado), pero también para dar a Suiza dos de sus imágenes más emblemáticas, de una identidad que se va construyendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, a través de las ilustraciones para los primeros billetes de banco emitidos por el Banco nacional.

Hodler recibe el encargo del Segador y del El Leñador, , verdaderas celebraciones de una Suiza intemporal, aquella de los trabajos del campo y de una relación inmediata con la naturaleza. Verdaderos iconos, El Segadory del Leñador declinarán en cuadros de caballete, con más de diez variaciones, respectivamente para uno de los temas.

 

Hodler y el paisaje

Ferdinand HodlerEl Eiger, el Mönch y la Jungfrau en el claro de luna© Institut suisse pour l'étude de l'art, Zurich
Los paisajes de Hodler expresan una misma proximidad con una naturaleza suiza virgen de cualquier presencia humana. El pintor recreó principalmente los paisajes de Suiza, atendiendo a múltiples motivos: montes célebres y temidos, como el Eiger, el Mönch y el Jungfrau, lagos como el de Thoune o de Ginebra, pero también árboles, rocas, desprendimientos, torrentes en los sotobosques y glaciares.

Literalmente enamorado de la "substancia de la naturaleza" desde su adolescencia, como él mismo confiesa, Hodler acude con frecuencia al modelo natural para estudiar los lugares, realizando posteriormente en el taller paisajes donde el respeto por los datos topográficos se combina con una voluntad de estilización formal que logran que sea uno de los mayores paisajistas de todos los tiempos.

Ferdinand HodlerEl lago de Thoune con reflejos© Institut suisse pour l'étude de l'art, Zurich
Para Hodler en efecto, la pintura de paisajes, de algún modo, posee una dimensión filosófica. Para revelar las leyes de la naturaleza y del mundo, el pintor tiene por misión abrirse a través de un sosegado y razonado estudio del área. Este orden, basado en el "paralelismo", la repetición y la simetría, se hace particularmente perceptible por determinados temas propicios, como los reflejos en el agua, que permiten desarrollar una doble simetría axial, horizontal y vertical.

Ferdinand HodlerEl lago de Ginebra al atardecer© Institut suisse pour l'étude de l'art, Zurich
Según Hodler, la pintura de paisaje debe "mostrarnos una naturaleza ampliada, simplificada, despojada de cualquier detalle insignificativo". El paisaje hodleriano se caracteriza por la eliminación de lo accesorio e irregular, la supresión de la perspectiva aérea y cromática, en beneficio de una recomposición monumental y decorativa que culmina con las últimas vistas del lago de Ginebra, prefigurativas de la abstracción.

Esta evidenciación de un orden natural no debe amordazar, sino todo lo contrario, exaltar la emoción manifestada ante el esplendor de la naturaleza que sigue siendo la fuente del acto creativo para Hodler. De este modo, la naturaleza también es un espejo para el artista y el reflejo de un sentimiento cósmico de fusión con el mundo, pero también de soledad.
Helmut FederleNothing inside© ADAGP, Paris © DR
Con el fin de entablar un diálogo entre la obra de Hodler y el arte actual, se ha invitado a Helmut Federle, artista profundamente inspirado por Hodler, para que presente en el recorrido de la exposición cuatro de sus obras en contrapunto con los paisajes alpestres de Hodler.


 

El taller de Hodler: dibujos y fotografías del artista

AnónimoGertrud Müller posando© Fotostiftung Schweiz, Winterthur
Hodler es un incansable dibujante. Dejó más de 9000 dibujos y cerca de 12000 bocetos en cuadernos. El dibujo tiene esencialmente una vocación preparatoria para el artista, cuyas composiciones emergen progresivamente a lo largo de múltiples bocetos, a veces muy alusivos y que forman las matrices de cuadros a veces pintados más de diez años después. Una vez definido el sujeto y fijada la composición en sus líneas principales, el pintor procede al estudio de las figuras. Trabaja a partir del modelo, proclamando de este modo durante toda su vida su inclinación por el trabajo a partir del natural.


Esta intensa fase de preparación ocasiona a veces centenares de estudios, y al término de estos el pintor fija la pose de los protagonistas de sus cuadros de figuras, ya sean tanto retratos como composiciones simbolistas o históricas. Es en esta etapa que utiliza lo que llamamos el "vidrio de Durero", una placa de vidrio en la que traza con pintura por transparencia el contorno del modelo que será posteriormente transferido a un papel.

Gertrud Müller Hodler procediendo a retoques en "Miradas hacia el infinito"© Fotostiftung Schweiz, Winterthur
Este método sorprendió a sus contemporáneos. Encontramos ejemplos en numerosas y precisas fotografías que nos ha dejado una gran coleccionista y amiga de Hodler, Gertrud Dubi-Müller.
Presentadas por primera vez en Francia, nos adentran en la intimidad del artista y de su taller en Ginebra, a lo largo de los años 1910.