Musée d'Orsay: Carpeaux (1827-1875), un escultor para el Imperio

Carpeaux (1827-1875), un escultor para el Imperio

ARCHIVO
2014

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Convertirse en Carpeaux


Jean-Baptiste CarpeauxFiloctetes en la isla de Lemnos© RMN-Grand Palais / Thierry Le Mage
Instalado en París con su familia en 1838, Carpeaux integra la Escuela de Bellas Artes en 1844 y recibe, de 1845 a 1854, una beca de su ciudad natal. Se matrícula como alumno de François Rude, figura del romanticismo, escultor de la Marsellesa del Arco de Triunfo de la plaza de la Estrella, pero personna non grata en la Escuela.

El concurso anual para el premio de Roma, principal reto en la perspectiva de una carrera parisina es, desde el principio, uno de los objetivos del joven Carpeaux. Los galardonados se van a Roma, para una estancia de cuatro años en la Academia de Francia, la Villa Médicis, con el fin de perfeccionar su formación al contacto de las obras maestras de la Antigüedad y del arte italiano, y deben enviar regularmente trabajos a París.
Los temas procedentes de la mitología y de la historia de la Antigüedad, o de las Escrituras Santas, no le inspiran mucho: tras varios intentos sin resultado, elige dejar la enseñanza de Rude en beneficio a la de Francisque Duret, profesor en la Escuela de Bellas Artes, que le promete el éxito en dos años. En septiembre de 1854, Carpeaux obtiene el gran premio de Escultura con Hector implorando a los dioses en favor de su hijo Astianacte.

La estancia en Italia


Jean-Baptiste CarpeauxEl Día y el Crepúsculo a partir de Miguel Ángel© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Thierry Le Mage
Carpeaux llega a Roma en 1856, con casi dos años de retraso, poniéndose de este modo desde el principio en una situación delicada, respecto al director de la Villa Médicis, el pintor Victor Schnetz.
Rebel de frente a los reglamentos, a veces conflictivo, Carpeaux tiene dificultades para adaptarse a un marco que no le conviene mucho, pero sin embargo en la Academia de Francia en Roma estrecha fuertes amistades con algunos colegas suyos, como el escultor Alexandre Falguière; juntos exploran, sin tregua, la ciudad y sus alrededores.

Roma es para Carpeaux una fuente de múltiples revelaciones, sobre todo Miguel Ángel, por el que siente de inmediato una devoción absoluta de la que no se deparará a lo largo de toda su carrera. La vida del pueblo italiano le inspira numerosos estudios en vivo.
La exaltación de estos años romanos también pasa por una relación con una joven campesina de los montes Sabinos, Barbarella Pasquarelli, "La Palombella". El envío del segundo año, le Pescador con concha le da a conocer al público romano y parisino.

Ugolino


Jean-Baptiste CarpeauxUgolin© Musée d'Orsay, dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
Los escultores en pensión de la Villa Médicis tenían que modelar el boceto de su último envío en cuarto año, y posteriormente pasarlo al mármol al año siguiente. Carpeaux imagina un grupo procedente del canto XXXIII del Infierno de Dante: Ugolino della Gherardesca, tirano de Pisa en el siglo XIII, fue condenado por su rival, el arzobispo Ruggiero Ubaldini ha ser amurallado vivo con sus hijos y sus nietos, en una torre. Allí devora su descendencia, antes de morir de hambre.
Carpeaux fusiona en su grupo la terribilità del relato dantesco y la inspiración miguelangelesca, a la vez que afirma inspirarse de una Antigüedad famosa, el Laocoon.

De 1858 a 1861, Ugolino tiene un génesis difícil. Diseñado primero como un bajorrelieve, se convierte en un grupo formado por tres y después cinco figuras, en contra del reglamento de la Academia.
El director, aunque sensible al valor del boceto, primero se opone con firmeza, provocando la obstinada resistencia de Carpeaux, obligado a abandonar el modelado en diciembre de 1858. Carpeaux llega sin embargo a convencerle de dejarle acabar su escultura.

Como el final oficial de su estancia se aproxima, el escultor se va a París en 1860, donde solicita una prolongación por dos años. De vuelta a Roma, trabaja febrilmente en su grupo, muy admirado por los visitantes de su taller. La acogida del yeso en París, en 1862, no está a la altura de sus expectativas.
Indignado por las observaciones de la Academia transmitidas por la prensa, herido por el encargo del Estado de un mármol por un importe insuficiente, Carpeaux obtiene, tras duras negociaciones, la fundición de un bronce.

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