Musée d'Orsay: James Tissot (1836-1902), la ambigüedad moderna

James Tissot (1836-1902), la ambigüedad moderna

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James Tissot, la ambigüedad moderna

James TissotAutorretrato© Fine Arts museums of San Francisco
Nacido en 1836 y fallecido a principios del siglo XX, James Tissot tuvo una larga carrera, tanto en Francia como en Inglaterra, en una época de profundos cambios sociales, políticos y estéticos. Formado en la escuela de Ingres y Flandrin, admirador en su juventud de los pintores flamencos e italianos primitivos, del prerrafaelismo inglés y del arte japonés, adopta desde principios de la década de 1860 el estilo moderno que sus pares y amigos – Manet, Whistler, Degas, por citar algunos de ellos – impusieron en el universo artístico francés de la época.

Luego de la Guerra Franco-Prusiana y la Comuna, se instaló en Londres, donde adoptó parte de los códigos de la pintura narrativa británica a fin de representar, con un estilo a menudo irreverente y polisémico, el ocio y la languidez de la sociedad victoriana.

Tissot, un hombre de pasiones originales y eclécticas, criticado por su tendencia al pastiche pero valorado al mismo tiempo por sus brillantes fórmulas personales, fue un artista que supo trazar su propio camino. Mantuvo esta actitud hasta llegar casi al renunciamiento, ya que luego de su regreso a Francia a principios de la década de 1880, prácticamente abandonó la pintura para dedicarse a la ilustración bíblica, creando a finales de siglo una iconografía renovada de las Escrituras, que inspirará a los cineastas del siglo XX. Allí reside especialmente la fuerza de su arte : siempre dispuesto a renovar su pintura, Tissot también supo adoptar nuevas técnicas (estampa, esmalte alveolado, fotografía, ilustración) para difundir sus composiciones. Con gran habilidad, comprendió que en un momento en el cual la técnica permitía una multiplicación y una difusión de imágenes sin precedentes, el artista debía convertirse a su vez en su fabricante.

Al igual que su creador – "este ser complejo", en palabras de Edmond de Goncourt –, las obras de Tissot son tan atractivas como ambiguas. Brillantes y claras a primera vista, a menudo resultan paradójicas y confusas para el observador, que se detiene en la contemplación de sus múltiples detalles, revelando de forma implícita los secretos que sugieren. Su fuerza radica en su capacidad de despertar la curiosidad del espectador sin satisfacerla por completo : permiten, a fin de cuentas, que el observador descubra personalmente sus misterios.

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