Musée d'Orsay: Manet. La naturaleza muerta

Manet. La naturaleza muerta

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pintura
Edouard ManetRama de peonias blancas y podadera© RMN-Grand Palais (Musée d'Orsay) / Hervé Lewandowski
La naturaleza muerta representa en efecto casi una quinta parte de su obra, una proporción muy superior a la alcanzada por los otros artistas de la Nueva Pintura (con excepción de Fantin-Latour y de Cézanne); y la crítica contemporánea ha reconocido su importancia inmediatamente, por su presencia ostensible en numerosos cuadros realizados a partir de 1860 –el ramillete de Olympia pero también los libros, el limón y el vaso sobre la mesa de Zacharie Astruc o la fuente sobre un banco del Retrato de Théodore Duret– o por constituir verdaderos cuadros, como en la muestra del artista en la galería Martinet en 1865 o en su exposición particular de la avenue de l'Alma en 1867.

Ésta fue la parte de su obra que recibió mejor acogida: "los enemigos declarados del talento de Edouard Manet, anota Emile Zola en 1867, le conceden que éste pinta bien los objetos inanimados". Sus detractores jamás dirán otra cosa: si Manet tiene algún talento, éste se limita a la reproducción correcta de esos "objetos inanimados"; si no, malogra todo lo que toca. El artista que, de escándalo en escándalo, se había ganado una celebridad "a la Garibaldi", en términos de Degas, no era sino un ejecutante dedicado a los ramilletes, a las tablas puestas, a toda clase de "cosas".

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