Autoportrait symbolique

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Emile Bernard
Autoportrait symbolique
1891
huile sur toile
H. 81,0 ; L. 60,0 cm.
Achat, 2008
© Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
Emile Bernard
Autoportrait symbolique
1891
huile sur toile
H. 81,0 ; L. 60,0 cm.
Achat, 2008
© Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais / Patrice Schmidt
Emile Bernard
Autoportrait symbolique
1891
huile sur toile
H. 81,0 ; L. 60,0 cm.
Achat, 2008
© RMN-Grand Palais (Musée d’Orsay) / Hervé Lewandowski
Emile Bernard (1868 - 1941)
Niveau supérieur, Galerie Françoise Cachin

Casi cada año, de 1886 a 1941, Emile Bernard pinta su autorretrato. Para él es la ocasión de manifestar su evolución estilística y de expresar sus estados de ánimos. El Autorretrato simbólico de 1891 es en este concepto particularmente revelador de la situación en la que se encuentra Bernard en este preciso momento, y de la nueva inflexión que da a su arte.
El artista atraviesa en efecto entonces un periodo de soledad y de cuestionamiento. Acaba de perder a su amigo Van Gogh y ha roto con Paul Gauguin, sin que la importancia de su papel en el seno de la escuela de Pont-Aven haya sido reconocida. Su vida sentimental no es más feliz y Bernard, presa de numerosas dudas, se gira hacia una expresión mística y religiosa, muy sensible en esta sorprendente composición de doble registro.
En el primer plano, reconocemos a Bernard tal y como siempre se ha representado, con su amplia frente, su bigote y su perilla. Su mirada introspectiva, los tonos oscuros, demuestran su inquietud y sus interrogantes.
El busto del pintor se destaca delante de un fondo rojo onírico, dominado por una figura crística, y poblado de bañistas. Éstas proceden de los propios cuadros de Bernard, pintados de 1887 a 1890, en los que se expresa su profunda admiración por Cézanne. Practicando de este modo la autocitación, Bernard reivindica su estatuto de artista.
Utilizando el imaginario simbolista y haciendo cohabitar diferentes registros narrativos, Bernard entrega con su Autorretrato simbólico una obra decisiva. Abre el camino a una cierta modernidad expresiva, en particular a Edvard Munch, pero también a los atrevimientos pictóricos de un André Derain o del Pablo Picasso de los años 1905-1908.

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